Rosas frías: disección de un hype amargo.




Era un 3 de mayo de 2005 pero aquí podría poner casi cualquier fecha de cualquier año anterior a ese. Por alguna razón no teníamos coche. Lur se ofreció a acercarnos a Bilbao. Solo teníamos un objetivo. Ryan Adams publicaba el primero de los tres discos que iba a lanzar en 2005. “Cold Roses”. Mi estado de embriaguez con la música de Adams rozaba la locura. Desde que me había enterado de su intención de publicar tres discos en 2005 no había parado de buscar información al respecto. Me enteré que aquello era una especie de bravuconada. Si Bright Eyes publicaba dos álbumes aquel año, Adams se proponía sacar tres. Una tarde, estaba estudiando en la biblioteca de Zornotza. Aunque por aquel entonces todavía trabajaba en GARA, compaginaba trabajos y estudios. Estaba buscando información en los ordenadores conectados a internet que había por aquel tiempo en una recién estrenada Zelaieta y en un descanso decidí entrar en la web de Adams. Se me encogió el corazón al ver en la pantalla una ilustración que parecía estar sacada de un cuento infantil y poder escuchar un fragmento de “Let It Ride”. No cabía en mí. “Cold Roses” sería publicado el 3 de mayo. 

Lur no entendía nada. Aunque bueno, en cierta medida, Lur es una metalhead de los 80. Era una experta cazadora de videoclips en los tiempos muertos que TVE le dedicaba a la música juvenil en las previas de los telediarios. Allí cultivó amor eterno por la laca y el heavy metal épico/melódico. De Bon Jovi a Helloween, siempre fue una fuente interesante de una de mis principales pasiones musicales, la laca. Al vernos a nosotros tan emocionados, supongo que ese nosotros sería únicamente yo o ella a su manera y yo totalmente fuera de mí, no paraba de hacerse una pregunta: ¿Qué os ha pasado? En clara a referencia a que antes nosotros musicalmente le parecíamos de fiar y en ese momento estábamos como locos por comprar un disco de un tío que hacía country.

La calle Villarias de Bilbao todavía no era peatonal o semi peatonal  pero el tráfico era horrible. Así que les dije que me dejasen en la puerta de Power Records y que diesen una vuelta a la manzana. Con suerte, las estaría esperando en la puerta. Todo salió bien. No tenía ninguna certeza de que el disco fuese a estar allí el día de su estreno pero, afortunadamente, todavía el mundo funcionaba correctamente en 2005. Desprecinté el disco, llegaron las chicas, me monté en el coche y volvimos hacia Lemoa. Pusimos el CD cuando todavía no habíamos salido de Bilbao y sonaron los primeros acordes de “Magnolia Mountain”Ella y yo nos miramos y suspiramos. Nos dejamos caer en el asiento del coche. Lur no paraba de decir que estábamos locos. “Sweet Illusions” no hizo más que acrecentar nuestra felicidad y disparar la incredulidad de Lur. 

Juraría que fue la última vez, quizá con algún lanzamiento de Berri Txarrak ocurriese algo parecido, que esperé un disco de esa forma. En los 90 fue algo normal. Cualquiera de Tori Amos, Soundgarden, PJ Harvey o Smashing Pumpkins. Todo lo que ocurrió en el 94. El disco de versiones de GN’R. Cualquiera de Su Ta Gar o Negu Gorriak.  Viví auténticos calvarios a modo de subidones emocionales con “The Hazards of Love”, de Decemberists, aunque esto fue a posteriori, y con “The Suburbs”, de Arcade Fire, en un pico que duró más de un año. También los meses previos al lanzamiento de “Chinese Democracy” en 2008 fueron una montaña rusa con lágrimas a punto de escaparse de mis ojos. Era como eso que se cuenta en las películas de “vi mi vida pasar”. 

Y luego, desde “The Suburbs”, y con, quizá, la salvedad del triple de Berri Txarrak, ese sentimiento desapareció. Pero ha vuelto. Esta semana se publica el segundo disco de estudio de Phoebe Bridgers y mi estado de ánimo es muy similar a todo esto que cuento aquí arriba. 10 años después me siento como un niño pequeño esperando su nuevo juguete. No deja de resultar triste, agridulce, que conozca a Bridgers por culpa de Ryan Adams. Su triste historia me paralizó en su momento. Puse en la nevera toda la música de Adams, a quien apenas escucho ahora mismo, y puse en cuarentena la de Bridgers en un egoísta movimiento de algo que parecía autoprotección pero que no era más que una estupidez. 




Ha sido este año cuando, a través de “Motion Sickness” vía Youtube, empecé a ver quién era Bridgers, de dónde venía y hacia dónde iba. Fui descifrando la letra de “Motion Sickness” en una de las veintemil escuchas que le daría a su clip. Descifrando que ahí se hablaba de Adams. Indagando en el resto de clips. Pidiendo el disco. Y también el que tiene junto a Julien Baker y Lucy Dacus como BoygeniusElla también entró en el universo de Bridgers. Nos miramos y sabemos que esa chica del pelo cenizo ha llegado para quedarse en nuestras vidas, en nuestra casa.

Estoy siendo tramposo, no sé si voluntariamente o no, porque me he dejado que el año pasado uno de los mejores discos del año fue Better Oblivion Community Center. Proyecto conjunto entre Connor Oberst aka Bright Eyes y Phoebe Bridgers. Bridgers decide decirle al mundo quién parece ser Ryan Adams y se alía con quien, siempre dentro de ese sarcástico, distendido y chorra universo Adamsiano, era su némesis: Bright Eyes.

El viernes sale a la venta “Punisher”. Me subo por las paredes. Miro a todas horas en las vías oscuras del intercambio musical, algo que no hacía desde hace años, por si el disco se ha filtrado. Escucho los tres discos en los que Bridgers ha participado. Preparo un artículo sobre “Punisher” que prácticamente solo leeré yo. Exploro Youtube en busca de novedades, directos, lo que sea… 

Es una sensación extraña. Algo que en el pasado era como una droga ahora no termina de funcionar igual aunque sea exactamente lo mismo. Pienso que Bridgers y Adams no deberían ir escritos en la misma frase nunca más. Y, sin embargo, no puedo evitarlo. Este viernes. ¿“Punisher” como contestación a “Prisoner”?





 

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