LIBE y la lucha entre luz y oscuridad




Han tenido que pasar nueve años desde que Libe García de Cortázar publicase Ihesaldi handia (puedes leer la entrevista que le hicimos aquí en su día), su primer disco grande, y siete desde que viera la luz Ilargia erori da, EP de seis canciones con el que la compositora gasteiztarra mantuvo el pulso a su libertad creativa individual. Desde entonces, su presencia en el universo Izaki Gardenak ha ido ganando importancia hasta que en 2022 llegó una expansión lógica con Pasadena, un estelar trabajo de ocho composiciones en el que Jon Basaguren y Libe entablaban un diálogo musical rico y emotivo, a modo de vuelta de tuerca al sonido ya de por sí tenue de su banda madre.  

Esa sería la primera pista necesaria para afrontar este Azal Ezten. Ese instante eterno contenido entre Izaki Gardenak y Pasadena queda al margen. Los componentes que aportan a los ocho cortes de Azal Ezten vienen de lugares y momentos diferentes. Y si la oscuridad era un herramienta aceptada a regañadientes cuando Basaguren y García de Cortázar describían su trabajo en Pasadena, aquí y ahora, no es solo una herramienta, es la herramienta de la que Libe se sirve para ofrecer un trabajo apasionante. Un cuerpo extraño en nuestra pequeña pero frondosa escena cada vez más repleta de cuerpos extraños. Un ejercicio de valor incalculable por lo que propone y por cómo lo propone. 

Con la oscuridad en el centro, el contraste y el enfrentamiento con la luz quedan patentes en cuanto se tiene el disco en formato físico en la mano. Un brillante cielo azul apenas moteado por nubes gaseosas y distantes. Libe vestida de un blanco fantasmagórico. Ladeada, esotérica y oculta bajo su pelo, apenas nos muestra sus ojos. Vinilo blanco inmaculado. Carpeta interior con Libe de espaldas, tonos pastel, más blanco, naturaleza. 


Quizá sea esa la tesis principal de este segundo trabajo largo de la gasteitzarra. Libe en la naturaleza, rodeándose de los elementos. Respirando libre. Rodeada de luz para exorcizar una oscuridad que, en su universo particular, acaba envolviéndolo todo. Como si quisiera mostrarse luminosa e inocente para llamar nuestra atención, envuelta en naturaleza y romanticismo místico. Como una sirena invitándonos a detenernos en su isla. Venid a la luz. Pero luego, una vez allí, la luz ya se ha ido. 

Los adelantos prometían emociones fuertes. El binomio que arrojaba "Zalantza" y "Otzan" era sobrecogedor. No solo musicalmente, con múltiples referencias sonoras tan inquietantes como interesantes. Los videoclips que acompañaban a cada lanzamiento eran ejercicios simples, solitarios y esquemáticos. En "Zalantza" Libe es, esta vez, una dama de negro. Una figura entrecortada. Una aparición en un entorno tan bello como hostil. Rodeada de naturaleza. Bosques, rocas, viento, fuego... Haciendo memoria, es complicado recordar una declaración de intenciones tan directa y afortunada. "Zalantza" es una tenue atmósfera, con un estribillo cristalino y pausado que termina en un lamento. Un camino en el que da la impresión de que Libe, nuestra Libe, pueda acercarse a ese lenguaje femenino, oscuro, romántico y repleto de aristas que viene desarrollando Chelsea Wolfe en los últimos lustros. O A. A. Williams más recientemente. Y, entonces, el lamento con ecos de Antony and the Johnsons, se convierte en un estruendo controlado de regusto industrial. Desaparece el día y su luz, aparece la noche y su luz en forma de fuego. Aquí, ya, hemos sucumbido al encantamiento.

Una vez dentro, "Otzan" prescinde de la luz, gira al blanco y negro y a las imágenes de archivo. Religión, ruinas, destrucción y viento golpeando contra el vestido blanco de Libe para presentar una crítica velada al universo religioso, a la negación de nuestro yo y a la anulación de nuestras voluntades. De nuevo, un giro dramático y una vuelta de tuerca hacia la luz. Libe, de nuevo, en la mitad de la naturaleza, vestida de blanco, rodeada de luz y de cielo azul. Como queriendo decirnos que se ha sacudido algunas de sus preocupaciones y de las imposiciones que le han llovido a lo largo de su vida. Musicalmente, emocionan unas guitarras tintileantes y etéreas emparentadas con Cocteau Twins así como la brillante transición entre el pesimismo sintético de la primera mitad del vídeo y la liberación orgánica y animal de su segunda mitad. 




Tras los adelantos, el 25 de enero pudimos conocer el resto. La cara a la componen los citados adelantos más "Elai" y "Zorabio". "Elai" es un eco en el que Libe ahonda en un mundo oscuro y desconsolado en un instante en el que se encuentra en un laberinto no elegido. "Zorabio" es más rica en lo melódico, con un fuerte componente atmosférico solo roto por los rutilantes teclados de Libe. Un laberinto no escogido, un sueño del que despertar, alguien a quien se espera. Alguien, o algo, que, al parecer, en palabras de Libe, ya llega.

"Esnatzea" nos confirma que lo que tenía que llegar era el sol. Su luz, su calor. Así, la composición es una especie de crescendo contenido que no termina de reventar, no lo necesita. Un vaivén nebuloso a modo de transición que nos prepara para "Kemen haitz", un corte donde Libe recupera las teclas para describir una liturgia en la que parece ofrecerse a una roca milenaria. 

El disco continúa con "Gau eta egunaren guda", probablemente la mejor composición del trabajo junto con "Zalantza" y "Otzan". Un blues bastardo y atmosférico envuelto en misterio y capas de misticismo en el que Libe narra el enfrentamiento entre la noche y el día en el que, inevitablemente ganará la noche. "Denbora" cierra el disco gracias a un ejercicio de épica contenida y regusto cinematográfico, con una Libe críptica que quizá esté clavando sus palabras en el paso del tiempo. 



En Azal ezten confluyen el espíritu del folk británico de los sesenta, siempre rodeado de la naturaleza, los bosques y el eterno enfrentamiento entre la luz y la oscuridad, y una propuesta sintética y corrupta que trata de poner contrapeso a lo cristalino. Azal ezten es un choque entre capas superpuestas y aristas contrapuestas en el que Libe flota, libre, altiva, como maestra de ceremonias y narradora subjetiva.

Azal ezten es un disco tan corto como efectivo en el que no solo es importante lo que se dice y lo que se muestra, sino también lo que se calla y oculta. Lejos de ser un ejercicio yermo de pura implicación estética, cada imagen, cada atmósfera, cada frase y cada arreglo reman en la dirección de una obra completa, pensada, desarrollada y mimada hasta su última encarnación. Libe tiene una bola de luz entre sus manos, probablemente, siempre la haya tenido, y ahora nos la muestra y nos la arroja a la cara. De creadora a oyente. Que el camino siga. Que esa bola siga creciendo y explote ante nuestros ojos una y otra vez. 

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