¡The Tubs al rescate!

  

The Tubs

Justo cuando ya parecía imposible arreglar enero de 2023, una joven banda galesa surgida da la nada, o de las cenizas de una formación llamada Joanna Gruesome, parece dispuesta no ya a salvar el mes sino a salvar casi que el año entero. The Tubs, con Owen "O" Williams a la cabeza, ha publicado un certero artefacto que hará las delicias de los fans de rock universitario de los primeros ochenta. 


Al final de la anterior entrada sobre lo triste que estaba resultando en lo musical el arranque de 2023 hice referencia a mi palmaria rendición ante la falta de feedback. A que este espacio se convierta en mi gimnasio mental y en mi rocódromo espiritual. Un lugar en el que dar forma a lo que pienso y tratar de escalar esa gran montaña que me supone a día de hoy recuperar mi antigua figura de periodista musical. Todo ello bajo la falsa premisa de hacerlo de espaldas del mundo. Con el objetivo simple de no anquilosarme y caer sepultado bajo una montaña de basura fruto de la procrastinación más galopante. 

Aquí me tocaría aclarar que jamás he creído en eso que se dice a menudo de escribir para uno mismo. Escribir para uno mismo para mí, hasta ahora, equivalía a escribir la lista de la compra o en escribir interminables series listas con cabeceras del estilo de los mejores diez discos de mi vida, los mejores diez discos de este año, las mejores cinco series de lo que va de año, las cinco mejores actrices de la actualidad o las veinte mejores películas de ciencia ficción obviando Star Wars, ya que, obviamente, Star Wars no es ciencia ficción. 

¿Escribir críticas de discos, cuentos o novelas para uno mismo? Hasta hace no mucho me parecía una de las mayores estupideces que se pudieran plantear nunca. En mi caso, empecé a escribir por una conjunción de razones directas e indirectas. Comencé a crear libros de instrucciones para que la gente entendiese los discos y el arte de terceros (o críticas de discos) porque, llegado un momento, pensé que era capaz de hacerlo al menos tan bien como la media de la prensa musical en castellano que yo leía cuando tenía de 14 a 16 años. Y esto ocurrió porque como había leído mucho entre los 8 y los 14 años, mucho para ser un niño de 8 a 14 años e incluso mucho para ser una persona, me había dotado de una herramienta relativamente solvente que me posibilitaba pensar y plasmar por escrito lo pensado con relativa facilidad. 

Y, a su vez, esto ocurrió porque en mi hogar, mi humilde hogar obrero-inmigrante-andaluz en la Euskal Herria de los 80, mi extraño hogar con abuelo y sin padre, con madre y hermana pero sin un hermano que vivía "en otro sitio", con mi padre y con mis otros abuelos, se leía por convicción. Sin gusto ni formación. Sin rumbo. Se leía porque se creía, y no es un mal planteamiento en absoluto, que la lectura era la vía para una vida mejor. Mi madre devoraba novelas de Harold Robbins. Mi abuelo se leía un diccionario enciclopédico de Larousse de unas novecientas páginas una y otra vez. Yo, como consecuencia de ello, pedía cuentos, primero, y novelas, después, para mi cumpleaños, en navidades o cada vez que mi madre me llevaba a Bilbao para acudir al dentista o acompañarla a su trabajo de peluquera en la plaza de Pedro Eguillor.

Muchos años más tarde, tras haber conseguido un puesto remunerado por escribir sobre música, pensé que podía probar en otros géneros literarios como la novela. A esa idea llegué creo que por una disquisición lógica, o relativamente lógica, o con cierta lógica en mi cabeza, que me decía que si a mí me volvía loco una novela de Paul Auster, igualmente que a millones de personas que no conocía en absoluto, en caso de que yo fuera capaz de escribir algo que me emocionase a mí, podría llegar a gustarle a más gente. Con lo cual, escribir para mí quedaba descartado y me parecía una de las peores excusas del mundo.

Claro que yo jugaba con ventaja y no era consciente. Soñar con escribir sobre las bandas que amas y que te pagasen era un sueño inalcanzable a los 18 que alcancé a los 23. Solo que no solo me pagaban porque, encima, tenía un contrato que me aseguraba un sueldo mensual, seguridad social y vacaciones. Un logro temprano que probablemente implantó en mi ser una especie de indolencia que, con los años, hizo que me buscase el cocido fuera de las letras y los discos. Un origen que, a la larga, me haya hecho crear un muro de reticencia a seguir haciendo algo que dejé, o me dejó, pero que, de alguna forma, sigue llamando a mi puerta aunque se presente de una y mil formas diferentes.

Así que ahora, aunque sea por una mera necesidad terapéutica, aunque únicamente busque un espacio controlado en el que ejercitarme y ganar músculo y energía que quizá me facilite el camino hacia otras empresas, empiezo a entender que escribir para uno mismo, aunque sea en internet, es posible. Las visitas se mueven hacia arriba. Se supone que gente, o bots, entran en tus entradas y que si entran, será para o por algo. Pero, si nunca repican en los comentarios, si desde el otro lado no te devuelven la pelota, quizá es porque estás en un frontón. Y, joder, yo he sido tremendamente feliz en un frontón con una raqueta y una pelota, solo, jugando contra mí, mientras la gente paseaba por detrás y me veía, obstinado, intentar ganarle el siguiente tanto a mi sombra. Con lo cual, así tendrá que ser. Así será. 




Me ocurre algo similar cuando hablo con bandas o las entrevisto y creo entender un sentimiento de hostilidad hacia lo que les ocurre. Tomaron la anacrónica decisión de formar una banda de rock, o de guitarras, en una época en la que ya no tocaba y en una localización geográfica en la que jamás ha tocado. Fueron valientes e impulsivos y creían partir de la premisa de que tocar era para entretenerse y pasar el tiempo. Pero con el trabajo, los ensayos y las múltiples posiciones de prueba error cualquiera se da cuenta de que ha mejorado y, otra vez el mismo verbo, en su cabeza se implanta la idea de que debería correr mejor suerte. De que el mundo es injusto. De que quizá en otro tiempo, quizá en otro lugar, quizá, quizá... La curva de aprendizaje ha arrojado indicadores no esperados pero la casi inexistente respuesta de público supone una realidad aún peor que la proyectada inicialmente. 

Quizá le ocurra lo mismo a Owen O Williams, guitarrista, cantante y compositor galés que en el pasado formó parte de Joanna Gruesome, formación de noise pop afincada en Cardiff y que recibió cierto eco por parte de la prensa especializada británica. Ahora, con un cuarteto llamado The Tubs, que no sé bien si hace referencia a bañeras o a cubas, trata de desarrollar su particular aventura/partida de rol basada en el rock universitario o jangle pop de principios de los ochenta. 

Que alguien en 2023 decida refugiarse en una capa de guitarras tintineantes que circulan por rutas de ida y vuelta de una forma brillante para desatar su creatividad puede resultar una osadía. Pero lo cierto es que The Tubs y Owen O Williams consiguen que los 26 minutos de su ópera prima sean tan efectivos como disfrutables. De hecho, pese a que Dead Meat haya sido publicado a finales de enero, a principios de febrero y con unas seis o siete escuchas, me atrevería a decir que tiene pinta de que va a estar en lo alto de muchas listas de lo mejor del año. 

The Tubs implantan en tu cabeza la idea de que la voz de Williams, quejosa y lacerante, sumergida en el dolor mental sin tapujo alguno, puede mantener un brillante contraste con unas guitarras luminosas, crujientes y rudimentarias que no paran de dibujar y desdibujar caricias melódicas empeñadas en columpiarte y hacerte sentir en la gloria. 

Probablemente Williams haya crecido amando a los grandes superhéroes del underground estadounidense de los ochenta. Solo así se entienden los ecos a ese sonido de guitarra seco, tenebroso y gaseoso que aplica a Tom Verlaine y Television. O ese desgarro despilfarrado de punk melódico con costra olorosa que trae a la cabeza más a Sugar que a Hüsker Dü. La cosa es que Bob Mould está presente. Como lo están Replacements de una forma más velada. O como en ocasiones, Two Person Love y I Don't Know How it Works, las guitarras sobrevuelan el folk pop que latía en el subsuelo previo al estallido alternativo gracias a REM. También The Smiths aparecen para convertirse en referenciales en el cierre de Wretched Lie

La cosa es que Dead Meat y, por lo tanto The Tubs y Owen O Williams, no fallan. Apuntan a 26 minutos de ensueño y disfrute, de vaivén melódico y cultura guitarrera en casi todas sus vertientes, y no fallan. Apuntan, disparan y dan en la diana. La atención no decae, el nivel de los temas no fluctúa, la regularidad está asegurada. La regularidad alta. La que se debate entre el notable y el sobresaliente. Esa en la que reside Dead Meat, una de las grandes obras de este, de momento agorero, 2023. Aunque justo ayer DeWolff y The Men publicaron obras que afrontaré con ilusión y atención. Así que supongo que acabaré escribiendo sobre esos discos en el futuro próximo. Largo y tendido o no.



Comentarios

  1. No estas solo en el frontón! Se agradece mucho que alguien escriba de música haciendo que se sienta importante. Que vaya mas allá de la entrada enciclopédica o la comparativa posmoderna de referencias y monóculo (cosas que también tienen su sitio, pero que en exceso acaba sintiéndose vacío). Además me llevo a los Tubs, que si bien no aterrizan en mis coordenadas habituales creo que pueden tener ese “algo”. Asi que aunque sea para pocos y de vez en cuando, si puedes no dejes este espacio. Es un oasis.

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