"Dardara" y el paso del tiempo.





Me ha gustado “Dardara”. Mucho. Prefiero empezar así ya que esto no va a ser una crítica de un audiovisual al uso. Ni yo tengo fundamentos para algo así ni creo que “Dardara” sea un ejercicio que pueda analizarse sin escribir desde las tripas y con el corazón en la mano. Me ha gustado cómo Marina Lameiro habla en “Dardara” de Berri Txarrak y de Gorka Urbizu, de la música, del planeta tierra, de nosotros, de ti y de mí. 



 


Me ha gustado como por primera vez en nuestra historia hemos sido capaces de venderle nuestro producto a quien quiera comprarlo tal y como han hecho y seguirán haciendo con nosotros hasta el final de los días. Me ha gustado llorar con el inicio de cada canción. Me ha gustado callarme y no cantar ninguna canción para escuchar como cantaba la gente que me rodeaba en el cine. Me ha gustado no zapatear para sentir cómo zapateaban otros. Me ha gustado quedarme quieto y notar que, así todo, mi asiento se movía gracias al movimiento del resto de compañeros de sala. 

Sigo. Me ha gustado descubrirme a mí mismo casi en cada persona ajena a la formación de Lekunberri que aparecía reflejada en “Dardara”. “Nunca se es demasiado friki…. Siempre hay alguien que es más friki que tú”, decía uno de los coprotagonistas. “Tengo envidia porque jamás en la vida he vivido nada con la pasión que tu vives Berri Txarrak”, le decía su padre a otra. “¿Cuántos conciertos has visto de Berri Txarrak?”, le preguntaban a una seguidora alemana de la banda. 




Me ha gustado volver de nuevo y seguramente por última vez a la tienda de discos Amoeba de Los Angeles en Hollywood Blvd e intentar descifrar qué disco de Dead Kennedys era el que se veía al fondo del plano. Me ha gustado volver a sentirme un niño fantaseando con tener una banda entre discos de Gorilla Biscuits, Sick Of It All y Minor Threat. Patinar por las calles de Los Angeles y caminar por las de México DF. Emocionarme en Tokio. Volver donde parte de mi alma se quedó para siempre en actuaciones de la banda: Kobetas, Nafarroa Arena, Plateruena, Resurrection Fest…. De hecho, otra parte de mi alma se ha quedado en ese plano en el que una niña y su ama hablan sobre sentir dolor sin tener una herida. El paso del tiempo es eso que nos hará daño sin que jamás veamos la herida. También la distancia pero, ¿Qué es la distancia más que el paso del tiempo? El paso de un tiempo que jamás volverá. Que jamás nos devolverán.

Creo que, en mayor o menor medida, voluntaria o involuntariamente “Dardara” habla precisamente de eso, del paso del tiempo. Gorka hace referencia a ello cuando en una conversación dice que no quiere dedicarle demasiado tiempo en las entrevistas promocionales de su concierto en el Wizink Center de Madrid a hablar de los 25 años de carrera de la banda. Un poco como con miedo de no aceptarse a sí mismo dentro de toda esta historia. Como si ser protagonista y parte y haber disfrutado en el camino debería quedar guardado en un cofre solo a su alcance para abrirlo y disfrutarlo únicamente cuando lo necesite.

Supongo que ya lo he expresado en textos anteriores: la gira de despedida, los dos conciertos de Nafarroa Arena, fueron un rito de paso y una ceremonia de adiós para toda una generación que, por primera vez en su vida, podía lucir orgullosamente un emotivo y valioso distintivo de autenticidad, sacando pecho por compartir edad y parte de la historia con la banda vasca de rock n’ roll más influyente, grande, necesaria y efectiva de la historia. 


Marina Lameiro.


Lo bueno de “Dardara”, y probablemente lo que más me gusta, es que no es el “fiel reflejo gráfico de lo que Berri Txarrak eran en el momento en el que lo dejaron, en todo lo alto”. Algo que, a buen seguro, se habrá escrito una y mil veces tras decenas de lanzamientos de discos y vídeos en directo. “Dardara”, es en sí misma, una película sobre el fenómeno fan, sobre amar la música por encima de las barreras, los idiomas, las culturas, las distancias y, por qué no, por encima del paso del tiempo. Es un film que relata un logro que se da por primera vez en este sentido: partir de un pequeño pueblo de cualquier valle de Euskal Herria para triunfar en EEUU, Japón, Alemania, Estado español, Galicia o México.

Me gusta mucho que “Dardara” explique por primera vez lo que se ha explicado tantas veces en la dirección contraria, de Liverpool, Los Angeles, Londres, San Francisco o Nueva York a cualquier hogar de Euskal Herria, y que lo haga con mecanismos narrativos y audiovisuales menos manidos. Todas las voces en off, narrando, expiando conversaciones y sueños ajenos, obviando casi por completo las entrevistas directas y los planos frontales acompañados de letreros con nombres y apellidos. Abusando quizá del plano emotivo y repitiendo en más de una ocasión el mismo truco, pero pasando con nota el peaje de tener que ofrecer una nueva vuelta de tuerca a una historia mil veces contada.

Me gusta, en definitiva, que “Dardara” ofrezca una visión tan poética como realística de algo que casi conocemos de primera mano y que, sin embargo, nos sorprenda, nos emocione y nos agite.




Lo único que no me gusta de “Dardara” es lo único que no me gusta de la vida. El paso del tiempo. En qué nos convertimos con los años. El sufrir enormemente al comparar lo que fuimos con lo que somos. Aunque tratemos de escribir con el corazón o vendamos que así lo hacemos, medimos lo que decimos y lo que escribimos pensando en que alguien tendrá que escucharlo, leerlo.

Lo comentaba días atrás con Koldo Tellitu vía twitter. Le dije que había visto por lo menos a la mitad de las bandas que él deseaba ver en caso de que le diesen la opción. El me contestó que se refería a verlas en su momento. Y le entendí perfectamente pero fui incapaz de no añadir que quizá el problema no era únicamente el momento de la banda sino, también, nuestro propio momento.

El hecho es que Berri Txarrak guarda un significado tan generacional para mí, y creo que para muchísimas otras personas, que tanto sus conciertos de despedida como “Dardara” o como ver a Gorka cantando una canción que probablemente acabemos escuchando en su primer disco en solitario, va a ser aquello que coloquemos al otro lado del igual cuando en un par de años nos pregunten por el paso del tiempo.

Tanto en los planos iniciales como en los finales de “Dardara” se escucha un ensordecedor zumbido cercano al ruido blanco. Ahora mismo, unas cinco horas después de su inicio, no recuerdo bien cómo empezaba. Quizá con planos de Gorka caminando, con cascos, por un bosque de Nafarroa. Sí recuerdo cómo terminaba. Haciendo referencia a un hipotético e incesante río de lava que fluye bajo nuestra superficie. Luego los agradecimientos. Luego el adiós. El fundido en negro. El encendido del alumbrado. Y el primer comentario en forma de pregunta: “Horrelakoa zen mundua?”. Y sí, con o sin pandemia, “Dardara” es un fiel reflejo de cómo era “nuestro” mundo antes de noviembre de 2019. De cómo probablemente volverá a serlo para otras personas, pero nunca más para nosotros.

 

 

 





Comentarios

  1. Me ha emocionado muchísimo.

    Muchas gracias, lo necesitaba. Un abrazo.

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