Friday, April 10, 2020

El grito que desgarró la noche

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Black metal noruego en los años noventa.


La consulta de un dentista es un buen lugar para experimentar dolor. O al menos lo era en algún momento del invierno de 1994. La ciencia ha avanzado y, afortunadamente visitar una clínica dental no resulta una experiencia tan traumática. El pinchazo inicial es más llevadero e incluso en muchas ocasiones, indoloro. Luego es cierto que en tu boca ocurre la misma batalla de siempre. Con todo ese hueso desgastado, el metal templado destrozándolo todo y desgarrando la encía. Sangre y dolor dentro de un contexto aceptado que roza la más atroz de las locuras. 


En la calle hacía un frío cortante en contraste con el calor artificial de aquella católica consulta dental. Había pasado lo peor. Tenía la boca dormida, una gasa entre los dientes y escupía sangre cada dos por tres. Pero a partir de ese momento empezaba lo mejor de la tarde. No iba demasiado a la ciudad. Menos entre semana y menos todavía, con dinero en el bolsillo para comprar lo que quisiera comprar.


De camino a la estación de tren que me llevaría a casa, tenía que atravesar la Gran Vía, cruzar el Ibaizabal y atravesar el casco viejo bilbaíno hasta llegar a la calle Ronda, donde se encontraba Likiniano Kultur Elkartea, una agradable librería y tienda de discos donde si uno sabía escarbar, podía llegar a encontrar auténticas joyas un tanto underground pero joyas al fin y al cabo.





Unos pocos meses antes me quedé prendado de la portada de un disco de black metal que aparecía en una revista inglesa. Más concretamente fue la cubierta de “Pure Holocaust”, de Immortal. Aquella pista me llevó a comprar un olvidado fanzine traducido al castellano pero de origen italiano en un kiosko de la calle Iturribide. Allí se hablaba de una floreciente escena noruega en la que el metal extremo había encontrado una nueva casa y nuevas vías de expresión. Incluyendo sin problemas la profanación de tumbas, la quema de iglesias y los asesinatos. 


Pocas cosas más quiere escuchar un quinceañero en ese momento de su vida. Lo que parecía una leyenda urbana o el guión de un film de terror, era algo tan real como la vida misma y, además, con una banda sonora original concreta e identificable. Entre los personajes más atractivos, allí aparecía una especie de bárbaro rescatado de algún oscuro y perverso punto de la edad media más literaria e icónica. Entre sus fotos promocionales destacaban dos: una en la posaba desnudo de cintura para arriba,  en medio de un campo nevado, y otra en la que sostenía una suerte de garrote o maza de madera culminada por pinchos de acero. No era fácil entender la dimensión de lo que ocurría allí,  porque cuando tienes entre 14 y 16 años todo parece un juego,  pero acostumbrado ya a la imaginería medieval de unos Manowar, aquel universo de aparentes chalados noruegos que aprovechaban cualquier circunstancia para soltar un soliloquio sobre la violencia, la naturaleza o el poder de la oscuridad,  difícilmente podía ser más atractivo. 


Era la raíz política de todo aquello lo que menos podía atraer,  pero esa impresión de estar moviéndose con elegancia por el lado oscuro,  podía con todo lo demás. Varg Vikernes, alias Count Grishnackh, dueño de Burzum, una de las formaciones del black metal de aquel momento de los primeros noventa, decía que no se sentía nazi. Sin embargo, sí se sentía fascista porque creía en la fuerza y en su imposición. Además, decía que su hija sería una amazona y que hacía cosas normales de niños, como jugar con tarántulas.


Vikernes poseía una imagen atractiva y un discurso musical contestatario y, en cierta medida, novedoso. No obstante manejaba un conato de alegato intelectual bastante aceptable cuando se refugiaba en referencias paganas, en la naturaleza o en el tan manido misterio de la oscuridad. Pero por otra parte, patinaba estrepitosamente cuando intentaba justificarlo desde una postura ideológica.


Sabiendo todo esto, fue un verdadero impacto descubrir el primer disco de Burzum en las estanterías de Likiniano. Había sufrido lo mío en el dentista y necesitaba mi recompensa. Con la boca todavía dormida y la gasa entre los dientes comencé a explicarle al dependiente que me sorprendía mucho que precisamente en aquella tienda hubiese un disco de Burzum, el grupo de un tipo que había declarado sentirse fascista en varias ocasiones. No creo que me hiciese demasiado caso así que aboné las 2.000 pesetas que pedían y me llevé a casa “Det Som Engang Var” (en noruego, “lo que fue”), el disco grande que servía de debut a Burzum y que fue publicado en agosto de 1993. 






El viaje de vuelta a casa fue cubierto con un pormenorizado análisis del diseño. La portada era tan tenebrosa como infantil y ya desde un principio parecía estar relacionada con la imaginería de J. R. R. Tolkien, quien estaba lejos de ser mi escritor favorito pero que, sin embargo, se había tomado la descripción de la oscuridad como un reto literario. Pese a estar dibujada a lápiz y parecer la obra del típico freak de instituto con pasión por la imaginería diabólica medieval,  había algunas cosas sorprendentes. Destilaba desolación y escondía, entre el mar de tonos grises,  una ilustración que sirvió de portada a otro de sus siguientes pasos discográficos, el EP “Aske”.


Ritual.
Una vez en casa preparé el ritual del día siguiente. Metí el cedé en la cadena hi-fi y la pasé a una cinta virgen. Si quería perderme en el bosque mientras escuchaba “Det som engang Var” tenía que hacerlo con un walkman. Al día siguiente, tras salir de clase y regresar a casa, salí disparado hacia el monte más cercano. Llevaba demasiado tiempo empapándome de aquellas entrevistas y aquellas descripciones en las que la escarcha, la nieve, la dificultad respiratoria producida por el frío intenso, los bosques milenarios y la naturaleza con toda su supuesta maldad y oscuridad, eran protagonistas. Tenía todo aquello, o algo parecido, bastante cerca de casa como para no experimentarlo. 


Corrí tan rápido como pude mientras sonaban los primeros acordes de “Den onde kysten” (la costa del mal). Una vez en las puertas del bosque seguí avanzando hacia ningún sitio hasta tener la sensación de estar perdido en medio de los árboles, la nieve y la más absoluta soledad. Podía estar allí horas enteras con la certeza de que no vería a nadie. La naturaleza invita a perderse en ella, a perder el contacto con el resto de seres humanos y, de paso, a disfrutar de tu música favorita en total soledad si, al menos, tu música favorita es el black metal. Sin embargo, lo que en un principio puede considerarse una ventaja y un placer, está rodeado de crudeza y violencia. Porque la soledad espiritual de un momento así es total. Cierto, puede ser solucionado después de minutos u horas corriendo en la misma dirección en busca de la civilización,  pero es nuevamente el extraño equilibrio por el filo de la navaja el que hace que te pierdas entre el placer de la soledad y el castigo del ostracismo. 


Burzum, “Det Som Engang Var”, y prácticamente todo el black metal clásico de mediados de los años noventa, emanan directamente de la naturaleza. Es una música tremendamente orgánica, tanto en su concepción como en su estadio ideológico. Buscaba provocar desde una simpleza en la producción cercana a la del punk más anárquico, mientras que a su vez quería sonar más puro, más independizado del resto de propuestas musicales. Y pretendía hacerlo arraigado a su entorno natural y a su idiosincrasia. La naturaleza era el medio explicativo que trataba de justificar aquella orgía violenta tanto en lo musical como en lo ideológico,  así como en lo que simplemente acabó ocurriendo. La naturaleza, los bosques, aquello que había estado allí antes que el ser humano, era un medio tan justo como cruel que alumbraba la violencia, la grandeza y el terror de una forma secular. 


La naturaleza, aquel extraño discurso que manejaban tanto Burzum como el resto de compañeros de viaje del black metal noruego, era un medio que comprendía todos los miedos y las necesidades del ser humano, y que a menudo aparecía retratada en los congelados bosques del norte de Europa. 






Yo no tenía tanto, no vivía en Noruega, pero escuchando por primera vez “Det Som Engang Var” fui capaz de entender aquella fascinación por los bosques, el frío y la oscuridad. Esa extraña sensación de despedir el calor del sol en lo profundo de un valle,  pese a que la luz siga llegando, llega a producir el desasosiego suficiente como para entender algunas cuestiones. El frío anuncia la llegada de la noche, de la oscuridad, de lo que no se ve y no se controla desde tiempos primitivos. 


En lo musical, “Det som engang var” no es el mejor disco de Burzum ni tampoco el más interesante,  pero indudablemente es un trabajo atractivo que explica a la perfección una idea primigenia de lo que Varg Vikernes tenía en mente. Probablemente todo lo que estaba por venir y que rozaría la genialidad en siguientes entregas ya estaba allí. Los riffs relativamente simples, alejados del grosor del death metal, de la agudeza del thrash metal y con una carga poética descontrolada. Las guitarras de Burzum no eran nada virtuosas y probablemente no estaban afinadas correctamente,  pero crujían ya en su obra de debut como casi no ha crujido nada en este mundo. Creando unas atmósferas insanas y casi irrespirables. La utilización de los teclados casi de una forma ritual, era otra de las señas de identidad que ya quedaban apuntadas en los surcos de “Det som engang var”, así como el amor por lo sinfónico y lo orquestal. Y esos gritos desesperados que desgarraban el alma de cualquier mortal. Lamentos de las cuerdas vocales de Count Grishnackh que en su noruego natal parecían abrazar el dramatismo y el terror con mayor eficacia.


Si la luz nos lleva
Apenas unos meses más tarde Vikernes publicaría “Hvis lyset tar oss” (si la luz nos lleva), un disco en el que Burzum tocó techo en muchos sentidos, redefiniendo por completo el metal extremo y asentando las bases de lo que a partir de entonces se conocería como black metal. Tanto en su vertiente guitarrera, pese a que no es uno de sus fuertes, como en la vertiente sinfónica, donde sí que ha destacado a lo largo de su discografía. 


Black Sabbath llevó el blues rock a la orilla del Estigia, destilando una electrificada maldad y un hedor a azufre desconocido hasta aquel momento. Definió y creó el riff metálico por excelencia escribiendo páginas para la historia del rock. Décadas más tarde, Slayer recogió el testigo y con “Reign In Blood” y “South of Heaven” elevó el listón de violencia y desgarro dentro del riff metálico. Lo llevó a las puertas de la locura, del crimen y del exterminio más absoluto. El riff seco y amenazante de Sabbath se convirtió en un riff afilado y punzante. Una afortunada evolución que marcaría el devenir del metal. En los primeros noventa, Varg Vikernes a través de su vehículo artístico Burzum, dio una tercera vuelta de tuerca al riff malvado con “Hvis lyset tar oss”. 


Hay que aclarar que las cuatro primeras obras de estudio de Burzum fueron grabadas en unos pocos meses de 1992, pese a que posteriormente fueron inteligentemente publicadas a lo largo de tres años. Resulta curioso ver como Vikernes evoluciona en un lapso de tiempo tan escueto que engaña si uno se atiene al tempo marcado por sus publicaciones. 


“Hvis lyset tar oss” suena mucho mejor que su predecesores en todos los sentidos. Las guitarras suenan a guitarras, y aquel discurso rebelde y pionero de buscar el peor sonido posible queda relegado a un segundo plano. 






“Hvis lyset tar oss” puede ser considerado una de las piedras angulares del black metal de los 90 en Noruega por diferentes razones. Musicalmente concentra todas y cada una de las vertientes que posteriormente iban a ser explotadas. La parte grandilocuente y sinfónica, la instrumental introvertida ligeramente separada del folk por la electrónica, las guitarras simples, desde un punto de vista técnico, pero tremendamente activas en cuanto a la creación de atmósferas y las voces salidas del corazón del castigo, estaban fielmente reflejadas en los cuatro temas que conformaban la obra. 


“Det som en gang var”, mismo título de su anterior trabajo discográfico, es el tema encargado de abrir “Hvis lyset tar oss”, y lo hace por todo lo alto. Más de catorce minutos en los que Burzum abraza a Wagner desde su atalaya del metal extremo noruego. Partiendo de sus rabiosas y densas guitarras se apoya en teclados y en percusiones para construir una pieza completa y simple, pero cargada de dramatismo y lirismo. Destacan especialmente sus voces. Nadie había cantado así antes y probablemente nadie lo haya hecho nunca. No al menos en un nivel de contraste y tensión similares a las expuestas por Vikernes en este tema. 


“Hvis lyset tar oss”, la canción, es agresión pura ligeramente matizada por la habilidad de Vikernes para crear atmósferas desde riffs que a priori carecen de importancia. “Inn i slottet fra droemmen” (en el castillo del sueño), mantiene la agresión pero esta vez de una forma más pura, sin matices, centrándose de forma directa en la antropología del mal. Cierra el álbum “Tomhet” (vacío), una pieza instrumental en la que Burzum da rienda suelta a su amor por un folk sintético, de trazo grueso y de melodías simples impregnado por un vapor insano e inquietante. 


Theodor Kittelsen
El aspecto visual de “Hvis lyset tar oss” también impacta. Burzum recurrió a la obra del pintor noruego Theodor Kittelsen. Kittelsen que vivió los últimos años del siglo XIX y los primeros del siglo XX parecía haber llegado a las mismas conclusiones artísticas que los supervillanos del black metal ochenta años más tarde. Su obra se basaba esencialmente en la naturaleza y el folklore. Sus representaciones eran tan costumbristas como oscuras y crueles. Vikernes se fijó en tres de sus pinturas originalmente recogidas en un libro de ilustraciones titulado “La plaga negra”, un libro de ilustraciones que recreaba las fuertes epidemias de peste que asolaron Noruega en 1349. La portada fue para “Pobre hombre” de 1894, un descarnado cuadro en el que un cadáver descompuesto yacía al borde de un camino completamente olvidado por los mortales. En el interior de un libreto escueto aparecía “Plaga en las escaleras”, otra sobrecogedora pintura en la que un misterioso rostro deformado nos observaba desde la oscuridad. Para terminar, la contraportada usaba un fragmento de otro de los cuadros que conformaban “La plaga negra”, en el que Kittelsen recreaba un desolado y congelado paisaje natural. 










Vikernes iba más allá en su discurso ideológico y buscaba nexos con artistas noruegos de otras épocas. El arte como exaltación de la nación Noruega y, también, el arte para explorar la naturaleza, su equilibrio y su crueldad extrema a través de la oscuridad.


Burzum cerró su genial estado de forma en 1996 con la publicación de “Filosofem”, también con portada de Kittelsen: “La llamada de una Clarion suena en lo alto de la colina”. A lo largo de los seis temas que lo componen, Vikernes desarrolla el concepto alumbrado en “Hvis lyset tar oss” de una forma todavía más clara y dejando atrás el discurso cochambroso en la producción. “Filosofem” es todo lo que ya era “Hvis lyset tar oss” pero quizá, más exagerado e igual de efectivo. Lo más novedoso vendría de la mano de algunos momentos cercanos al punk más descarnado y al crust. 


Su carrera musical se ha mantenido hasta nuestros días con especial regularidad en cuanto a publicaciones y calidad. Mantiene una línea entre el bien y el notable en todas sus obras pero su figura comenzó a nublarse según fue ganando importancia en la prensa sensacionalista. 


Uno de los rasgos característicos del black metal noruego de los noventa a nivel sociológico está fuertemente relacionado con su habilidad o su facilidad para pasar de los hechos a la práctica. Otros movimientos musicales juveniles parecían juegos o representaciones de algo que no era pero que pretendía parecerlo. Sin embargo, el black metal acabó cumpliendo con toda la muerte y destrucción que predicaba tanto en sus letras como en sus entrevistas. Y Varg Vikernes tuvo que ver con aquello. 


Es de suponer que, como todo hecho histórico, las casualidades, el clima, los personajes y el momento precipitaron los hechos. Y lo hicieron de una forma milimétrica y perversa. Clavándolo como probablemente no lo pueda hacer el mejor equipo de guionistas de la mejor de las series de esta edad de oro de la televisión que vivimos durante los últimos diez años. 


Infierno
Mayhem, otra de las bandas principales en el movimiento black metal noruego de los primeros noventa, comenzó su andadura a mediados de los ochenta. En un principio no eran más que una banda que versioneaba a Venom y a Motorhead, con suerte desigual. Grabaron un EP titulado “Deathcrust” que sirve como hecho curioso pero que es perfectamente y preferiblemente olvidable. Fue en el verano de 1991, cuando el resto de mortales esperaba ansiosamente la publicación de los “Use your Illusion”, cuando las cosas comenzaron a tornarse interesantes en torno a Mayhem, tanto en lo musical como en las secciones de sucesos. El guitarrista de Mayhem, Oystein Aarseth, conocido como Euronymus, abrió Helvete (infierno), una particular tienda de discos en la que el black metal noruego empezó a ser lo que fue y lo que conocemos hoy día. Helvete era una especie de cueva poco iluminada con paredes negras en las que había pintadas y posters de bandas de thrash y death metal. Así fue en un principio hasta que Euronymus y su banda lograron plantar la semilla en decenas de jóvenes de Oslo que decidieron que el death metal se había convertido en un género complaciente y comercial. 


Así creció la leyenda del Inner Circle, una especie de secta o agrupación que probablemente nunca existió, en la que los cabecillas del movimiento lanzaban proclamas que posteriormente servían de inspiración para muchos jóvenes. El grueso de su discurso se situaba entre el paganismo, el anticristianismo expreso y una forma de satanismo icónico. La naturaleza, los helados paisajes noruegos, también estaban sobre el tapete. Todos los ingredientes agitados y presentados bajo un envoltorio atractivo amparado en el maquillaje mortuorio provocó que algo hiciera click en la escena del metal extremo noruego de aquellos primeros noventa. 


¿Quién se movía por Helvete y parecía un miembro activo del Inner Circle? Efectivamente, Varg Vikernes. Euronymus, como padrino de toda la movida, sentía aprecio por Vikernes e incluso le permitió vivir en su tienda de discos en diferentes etapas entre 1991 y 1993. Sus comentarios, seguramente bravuconadas en voz alta, eran escuchados por jóvenes que no medían bien la diferencia entre las ensoñaciones de unos inadaptados y la realidad. Como resultado, la quema de iglesias y las profanaciones de tumbas pasaron de ser un simple comentario a un hecho. La espiral de violencia acabó finalmente por una supuesta disputa por el liderazgo del Inner Circle en la que Vikernes asesinó a Aarseth. 




Helvete




La historia de Mayhem es realmente trágica y contiene todos los misterios que convierten al black metal en un tema tan apasionante como incomprensible (1). La provocación, uno de los ingredientes más viejos de la historia del rock n’ roll, dejó de serlo para convertirse en realidad. Lo que se predicaba se cumplía. 


Mayhem, que venían del hardcore y el thrash metal tenían mucha imaginación. En especial Aarseth y Dead, vocalista de la banda. Fueron un poco como un dúo cómico, incapaces de estar separados pero también con muchos problemas para soportarse el uno al otro. A eso había que añadirle que Dead no era el ser más equilibrado del universo y que Aarseth era un inadaptado en toda regla pese a pertenecer a una familia pudiente. Tras una relación complicada entre ambos, una de las rachas depresivas de Dead lo llevó al suicidio. Se pegó un tiro en la cabeza. La historia dice que Euronymus se lo encontró muerto y que fue corriendo a comprar una cámara desechable para inmortalizar el momento, cosa que hizo tras alterar un poco la escena para que resultará más dramática. 


El nivel de provocación y de falta de cabeza de Euronymus hizo que en torno a su figura y a la de Mayhem se creasen todo tipo de leyendas. Como la de que decía que tenían amuletos fabricados con trozos del cráneo de Dead. Algo que fue desmentido en un principio para ser aceptado como cierto posteriormente. 


El azar quiso que Euronymus se encontrase con Vikernes, un tipo más inteligente que él aunque con las mismas ganas de destacar, agradar y llamar la atención a cualquier precio. Así acabó por escribirse la página más oscura y violenta del black metal. 


La violencia era un tema presente en cada declaración y casi en cada letra de cada canción. No únicamente la violencia de la naturaleza producida por la necesidad de un equilibrio. También la violencia humana, la utilización de la fuerza y sus límites dentro de la sociedad contemporánea. Por otra parte, existían los alicientes de protesta juvenil ante lo establecido y la actitud contestataria. La necesidad de crearse un mundo propio en el que perderse. 


Seguramente aquel puñado de quinceañeros buscaban romper con lo establecido mediante acciones probablemente inocentes y estériles, pero el mero hecho de la querencia de una ruptura ya mostraba que algo ocurría en aquel momento y en aquel punto del planeta. Aunque simplemente fuera la consecuencia de un cúmulo de casualidades. Una sucesión de circunstancias que culminó con una serie de hechos que demostraron que aquel loco discurso sobre la violencia no era simplemente un discurso de jóvenes traviesos e inadaptados, era violencia real, palpable y terrible. 


La noche del crimen
Paradójicamente y pese a lo que cabía esperar, el crimen no se cometió en invierno en medio de un paisaje helado. Eran las tres de la mañana del 10 de agosto de 1993 y Varg Vikernes estaba decidido a aclarar las cosas con Oystein Aarseth. Había escuchado que quería atacarlo con una pistola aturdidora y torturarlo hasta la muerte. Vikernes estaba convencido de que su antiguo jefe en la tienda de discos Helvete lo veía como una amenaza. Eso lo convertía en el amenazado. Así que se recorrió los 500 kilómetros que separan Bergen de Oslo y tocó el timbre de la casa del apartamento de Aarseth.


Vikernes declaró a la Policía que le sorprendió el recibimiento, ya que le abrió la puerta y le invitó a pasar. Fue entonces cuando Aarseth descargó una patada sobre el estómago de Vikernes para, acto seguido, salir corriendo hacia su cocina en busca de un cuchillo. En la disputa, la hoja acabó en el vientre de Aarseth, quien huyó de su propia casa y comenzó a llamar a las puertas de sus vecinos. No abrieron. Vikernes se acercó por detrás para asestarle varias puñaladas más. Aarseth cayó y Vikernes lo embistió con gran violencia. Tanta que el cuchillo atravesó el cráneo de su rival y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para desalojarlo y escapar.


Aquel fue el principio del fin. Curiosamente antes de que en 1994 se publicasen las obras más importantes del movimiento. Porque los noventa no únicamente fueron grandes para el rock que todos escuchábamos ajenos a la gran tragedia noruega. Vikernes fue acorralado por la policía hasta que finalmente fue acusado de asesinato, del que siempre ha defendido argumentando que fue en defensa propia, y por la quema de cuatro iglesias. Pasó 16 años entre rejas en los que no dejó de grabar música y de agitar el potencial de su personaje. 







En este punto, cabe reseñar que Varg Vikernes deja de ser interesante como personaje en el mismo punto en el que “Lords of Chaos” deja de serlo como documento referencial de la movida black metal en Noruega. 


“Lords of Chaos”, en castellano, “Los señores del caos”, es el libro que durante muchos años ha servido para que la gente ajena al black metal se adentre en la página más dramática de la historia del rock n’ roll. Aproximadamente la primera mitad es realmente interesante y necesaria. El resto acaba nadando en un mar de sensacionalismo infumable en el que la música queda al margen y las páginas de sucesos se convierten en fundamentales. Pues bien, aunque los discos de Burzum jamás han sido malos, el especial énfasis que todo el mundo ha querido darle a su personaje lo ha convertido en insoportable. 


A partir del asesinato de Aarseth y de la encarcelación de Vikernes el black metal dejó de ser un movimiento a medio camino entre la provocación y la ensoñación para convertirse en un género musical más dentro de las vastas tierras del metal. 


El primer disco largo de Mayhem llegó tras la muerte de su líder, Euronymus. “De mysteriis Dom Sathanas” fue publicado en mayo de 1994 y pasó a convertirse junto a “Hvis lyset tar oss” en una de las piedras angulares del género. Si bien en el caso de Burzum había cabida para distintos matices, la música de Mayhem era veloz y melancólica, cruel pero con una pátina melódica semioculta. Su velocidad podría emparentar la fórmula de Mayhem con la del thrash metal pero ciertamente carecía de la agudeza y la estridencia de este. La batería parecía una batidora, las guitarras creaban melodías en la misma medida en la que creaban atmósferas. La voz era la característica dentro del black metal. De ultratumba. pero a diferencia de la del death metal, afilada y más cercana a la garganta que al estómago. 


“De mysteriis dom Sathanas” pasa por ser uno de los primeros discos del black metal producidos con cierta claridad, alejados de la primitiva idea lo-fi de los inicios en los que discos como las primeras obras de Burzum, el “Wrath of the tyrant”, de Emperor, y el “A Blaze in the Northern Sky”, de Darkthrone, parecían o auténticos ejercicios de experimentación a nivel de producción, o directamente la obra de un mono con pistola. 


El lenguaje de “De mysteriis dom Sathanas” también es una influencia clara en el género a partir de ese momento. Canciones como “Funeral Fog”, “Freezing Moon”, “Pagan Tears” y “Buried in time and dust”, llevaban marcadas con fuego palabras y frases que se convertirían en icónicas dentro del estilo y más allá del movimiento black metal.


Buscando un poco la comparación entre Burzum y Mayhem, cabría decir que pese a todas las idas y venidas fantasiosas de Euronymus, pese a la inestabilidad mental de Dead, pese a Helvete y pese al Inner Circle, Mayhem son un grupo de metal extremo al uso que sirven de puente entre el antiguo death metal y el nuevo tiempo conocido como black metal. Y en su legado, “De mysteriis dom Sathanas”, es un disco con un sonido y unas intenciones perfectamente identificables, pero excesivamente valorado con el paso del tiempo. Sí, “De mysteriis dom Sathanas” es black metal del bueno, pero no deja de ser un disco terrenal que se limita a encarnar un nuevo lenguaje que, probablemente, ya había sido creado con anterioridad por Bathory como pionero y por Burzum, Emperor, Darkthrone e Immortal en la explosión del black noruego de los primeros años noventa. 


La oscuridad y la noche.
Junto a la naturaleza, el equilibrio de esta, su crueldad, el paganismo, el satanismo folclórico y la violencia, la oscuridad y la noche son otros de los grandes temas del black metal. Desde las portadas de Darkthrone tras su conversión al black metal, pasando por la mayor parte de la iconografía black metal y la temática de sus letras, la oscuridad, la noche y lo oculto son algunos de los pilares sobre los que se sustenta el género. La noche aparece a menudo como la cara oculta de la naturaleza, el momento en el que lo que vemos, con todo su equilibrio y su crueldad, se torna invisible, oculto y, por lo tanto, los mortales comenzamos a sufrir por lo que no vemos. Por lo que tememos que pudiera existir. 


La noche es la parte natural de la oscuridad y la oscuridad la recreación literaria de la noche. Howard Phillips Lovecraft es la noche cuando aborda lo oculto y desconocido, y John Ronald Reuel Tolkien es la oscuridad cuando describe todo lo relacionado con el mal. Así, Darkthrone son la noche de una forma primitiva, cruda y sangrienta, y Emperor son la oscuridad mediante la épica y la grandilocuencia wagneriana. 


En un inicio Emperor y Darkthrone tenían muchas cosas en común. No únicamente como compatriotas noruegos, generacionales o como colegas del movimiento black metal. Dentro de su discurso musical ambos abusaban del sonido lo fi y de producciones intencionadamente austeras. Estéticamente también compartían amor por el corpse paint, una especie de máscara pintada en colores blancos y negros que se popularizó en los primeros años del black metal en Noruega. Immortal, Mayhem, Darkthrone, Emperor y otras bandas lo utilizaron en sus inicios aunque, por ejemplo, en el caso de Burzum, apenas lo usó. 








Mientras que Emperor llevó su sonido a terrenos mucho más sofisticados, la banda lo dejó cuando practicaba un black metal progresivo bastante elaborado, Darkthrone se mostró fiel a su reflejo inicial durante un puñado de discos acertados y necesarios. La trilogía que va desde “A Blaze in the Northern sky” (1992) hasta “Transilvanian Hunger” (1994), pasando por “Under a Funeral Moon” (1993), es esencial para entender la particularidad del black metal noruego. El sonido de Darkthrone en esa época era terriblemente oscuro. Una de las expresiones musicales más inquietantes que se recuerdan. Bajo formas simplistas y producción inexistente, el punk más costroso y el metal extremo se daban la mano para crear un conjunto de composiciones que abrazaban una idea atávica de hacer metal. Metal que reflejase cosas tan hipotéticas como la maldad, la furia, la muerte o la oscuridad de tiempos pretéritos como si el propio black metal hubiese estado allí a lo largo de toda la historia. 


“Under a Funeral Moon” es otro de esos discos que sienta las bases del submundo musical de culto noruego. Sin embargo, es “Transilvanian Hunger” su trabajo más depurado en cuanto a minimalismo compositivo y de producción. Una experiencia hipnótica de ultratumba con carácter antropológico. Darkthrone le ponían la banda sonora a la oscuridad del pensamiento humano enfocado desde un punto de vista histórico. Darkthrone emulaba el hipotético sonido musical del miedo, el odio, la nostalgia y el ostracismo adyacente a los milenarios bosques noruegos. Una propuesta tan arriesgada como minimal fuertemente influenciada a nivel estético por el expresionismo alemán. El black metal de Darkthrone es la idea del black metal reducida a su mínima expresión. Sin artilugios. Sin épica. Sin adornos. Todo expuesto a flor de piel, con crudeza y sin subterfugios. 


Emperor se alejaron de aquello casi desde sus inicios pese a que compartieron algunas de las tesis de Darkthrone. Emperor buscaban un lenguaje que elevase su propuesta más allá del batiburrillo sonoro que blandían en sus primeros pasos discográficos. Y buscaron el bastón en el que apoyarse en la épica y la estética gótica. 


Fue probablemente Emperor la banda noruega que más habló de Satán a nivel intelectual en un estadio lo suficientemente alejado de la provocación como para ser tomados en serio. Resulta curioso que en el caso del black metal casi siempre se cite el satanismo pese a que la visión infantiloide y medieval no pasó de una mera referencia estética, al menos en Noruega. Emperor sí ahondó ahí pero sin hacer sangre, simplemente aportando pinceladas  a su barroca propuesta en la que la estética era importante pero también pretendía serlo su profundidad musical. Su poder estaba en la épica y en la grandilocuencia, en hacer que las composiciones de Wagner se diesen la mano con el lamento metálico de la madre tierra Noruega. Tras unos primeros pasos no demasiado ilusionantes Emperor grabaron probablemente el mejor disco de la historia del black metal. 


“In the Nightside Eclipse” fue publicado en febrero de 1994, el año en el que el black metal vendió su alma al diablo, o a las gélidas y ancestrales tierras noruegas. “Hvis lyset Tar Oss”, “De Mysteriis Dom Sathanas” y “Transilvanian Hunger” vieron la luz el mismo año. 


Si Darkthrone no se escondían y mostraban expuestos su perfomance artística austera y sin artificios, Emperor se movían con soltura justo por el lado opuesto del black metal. Musicalmente eran probablemente los mejores músicos del movimiento y compositivamente con “In the Nightside Eclipse” daban un sustancial salto adelante. También literariamente, donde mezclaban los conceptos del black metal clásico con un lirismo desconocido hasta el momento. 


“In the Nightside Eclipse” es un completo ejercicio de metal extremo y de black metal. Veloz, afilado, melódico en el estruendo y atmosférico en su conjunto. Un clásico instantáneo que trasciende al género y que se coloca entre las mejores grabaciones de la década de los 90 sin problemas. No obstante, es un disco complicado y en ningún caso un disco para cualquier paladar. Hay que ser consciente de que el black metal fue un cuerpo extraño incluso dentro del metal extremo. Querer acercarse a ese sonido y perderse en la épica y la grandilocuencia de temas como “Cosmic Keys to my Creations and Times” o “Into the Infinity of Thoughts” puede resultar una ardua tarea. 


Emperor se hicieron grandes de repente. Para su siguiente disco, “Anthems to the Welkin at Dusk” (1997) la expectación era notoria y pasaron a convertirse en unos gigantes del metal underground europeo. Musicalmente se convirtieron en una banda más técnica con un sonido mucho más ambicioso que los llevó hasta unas coordenadas progresivas relativamente complicadas. La popularidad de Emperor los ha llevado a ser cabezas de cartel de macrofestivales metálicos, como el Wacken en dos ediciones. 








Otros que también estuvieron en los inicios del black metal noruego y que gozan de un estatus alto en la actualidad metálica son Immortal. Nacidos bajo el influjo de la luna llena con “Diabolical Fullmoon Mysticism”, en 1992 firmaron obras importantes del género como el impactante “Pure Holocaust” (1993) y “Battles of the North” (1995) antes de convertirse, si no lo eran ya, en los Manowar del black metal con una imagen que casi los convertía en personajes de cómic. 


La noche que Varg Vikernes mató a Oystein Aarseth, el black metal comenzó a morir como movimiento espontáneo y genuino del descontento cultural y sociopolítico de un estrato de la juventud noruega. A partir de aquel entonces pasó a convertirse en un engranaje más del negocio musical. Aparecieron bandas de segunda hornada interesantes e incluso capitales como Satyricon o Enslaved, y también aparecieron las típicas formaciones que se subían al carro buscando fama como Cradle Of Filth o Dimmu Borgir. Actos en los que Satán y el satanismo más infantil, así como la estética más impactante, tomaban el poder por encima de un discurso más romántico. 


En todos estos años el género ha evolucionado hasta nuestros días de forma realmente interesante. Hoy por hoy la escena mundial es rica y potente en cuanto a propuestas relacionadas con el black metal y su evolución. Musicalmente hay riqueza y mucha imaginación. Sin embargo, lejos quedan los tiempos bárbaros en los que todo valía. Agalloch y Wolves In The Throne Room han grabado grandes discos en los últimos años, pero sobre el black metal de nuestros días vuela un aire snob y sospechoso.


Cuando se habla de black metal cabe destacar si se habla del noruego de los noventa o no. El black metal noruego fue un momento dramático dentro de la historia del rock. Lo fue por la violencia que desató y por el nuevo lenguaje musical que surgió de las heladas tierras del norte. Con la perspectiva que da la historia se puede deducir que el heavy metal que vio la luz en la nueva ola británica en los años ochenta, con todo su simbolismo medieval, oscuro y con esa atracción por lo maligno, podría llegar alguna vez a un punto como el del black metal noruego. Pero sin esa perspectiva tramposa, lo que ocurrió allí, con todas esas portadas, las muertes, las tumbas profanadas, el corpse paint, las iglesias quemadas y los gritos del más allá, la del black metal noruego en los primeros noventa sigue siendo una realidad histórica magnética, perversa y extraña.

(1) La historia de la banda noruega Mayhem se puede seguir a través de la película "Los señores del caos" (Lords Of Chaos) que se estrenó hace un par de años y que se puede encontrar en diferentes plataformas digitales. 

Esta es una adaptación de un artículo originalmente publicado en el número 507 de la revista Popular 1 en marzo de 2016.
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About Izkander Fernández
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