domingo, 1 de septiembre de 2019

Demo Cero




Siéntate y escribe. Como si se tratase de un asesino de esos a los que les abordan pensamientos de otros, a menudo seres fantásticos pero malignos que dan órdenes de muerte y destrucción, quien escribe, recibe ese mensaje desde hace semanas. Quizá meses. Podría tratarse de algo mágico y, por lo tanto, estaríamos ante una especie de epifanía o milagro. Pero no es ese el caso. 



Podría ser así si quien escribe no lo hubiese hecho nunca. Si sus mayores logros se circunscribiesen a la mejor y más larga redacción escrita en EGB o BUP. O puede que a algún trabajo de veinte páginas para aprobar alguna asignatura de alguna carrera insignificante en cuanto a sus posibilidades de inserción laboral. Pero quien escribe, escribió en el pasado y lo hizo de una forma, digamos, profesionalmente retribuida. Esto es, se le pagó por unos servicios realizados de una forma digna pero hechos desde un punto de partida amateurmente brillante. Un claro contraste entre supuestas aptitudes innatas que quien escribe no ha parado de analizar y rastrear a lo largo de su vida en busca de una explicación lógica que arrojase luz sobre su procedencia, y capacidad o suerte para estar, ser o parecer necesario en lugares donde, afortunadamente, se pagaba por escribir. Y ese era, básicamente, el único consuelo que le decía que algo tuvo que ir bien con todo eso de escribir, cobrar y vivir de lo escrito: que gente que gestionaba medios que, al menos, tiraban 300.000 ejemplares al día, confiasen en su habilidad a la hora de redactar libros de instrucciones que los lectores podían usar para entender qué querían decir los músicos con sus guitarras, sus bajos, sus baterías y, también, con sus palabras escritas para posteriormente ser cantadas. No solo eso, eran consejos sobre qué comprarse, qué pensar o qué concierto ver. Algo que quien escribe siempre odió hacer y que trató de vestir de una forma literaria como si la narrativa pudiera estar al servicio del asesoramiento. ¿Lo logró? Quien escribe piensa que no. Al mundo, por el contrario, le es totalmente indiferente. 

Siéntate y escribe. Órdenes que guardan cierta similitud con aquello que Jesucristo le debió decir a Lázaro, aunque etimológicamente puedan parecer lo contrario. Levántate y anda. Siendo Lázaro un impedido Jesucristo debía tener mucha confianza en sus posibilidades. Toda la confianza que a día de hoy no tiene quien escribe. 


Lázaro

Siéntate y escribe. Un verbo que invita a la quietud y el descanso seguido de otro que, para quien lo entienda, no es más que vertiginoso movimiento y descomunal tarea. Uno no se sienta a escribir para hacer lo que se supone que hace cuando se sienta. Sentarse a escribir no supone descanso alguno. De ahí que ese sentarse equivalga a aquel levantarse de Lázaro, incluida la problemática o impedimento físico de Lázaro ya que, quien escribe, en la actualidad sufre algo, o sufre de algo, que no le deja. O más bien, que sufre por algo que le dejó. O por varios algos. O, siendo más drásticos, por todo menos por estar vivo. 

Siéntate y anda. Quien escribe sufre esa clase de crisis que quien la ve desde fuera no acaba de entender si realmente está ahí porque un día llegó o bien llegó porque se la esperaba. Uno de esos casos en los que la querencia por el drama llega a eclipsar los suculentos golpes que la vida va dando a todo el mundo a lo largo de su existencia. Porque quien escribe sospecha que, no lo sabe a ciencia cierta y casi siempre que se enciende el piloto de encendido en el modo de autocrítico y auto analítico llega a la misma conclusión, es demasiado duro consigo mismo y pese a que disfrute con el drama como si la vida fuese una canción de Alice In Chains, realmente su vida puede ser calificada como un auténtico drama. En definitiva, quien escribe no sabe a ciencia cierta si todo esto que le empuja a no hacer lo que supuestamente sabe hacer tiene realmente tanta importancia. Es más, cree que esa postura que lo lleva a escribir “supuestamente sabe hacer” puede ser parte de una especie de mecanismo de protección. Si no haces cosas nadie puede evaluarlas y mucho menos, puedes evaluarlas tú. 





Es este, en realidad, un artilugio que sirve para más bien poco ya que quien escribe posee un tráfico mental similar al de una autopista aérea de aviones supersónicos con todos los problemas que esto conlleva: velocidad, ruido, contaminación y selectas clasificaciones de pésimas cervezas. 

Porque al final, todo mecanismo de autoprotección ha tenido su respuesta en la mente de quien escribe. Así, ese “si no haces cosas nadie puede juzgarlas y, por lo tanto, nadie te hará daño”, es fácilmente contrarrestado por un claro “si no haces cosas la gente acabará juzgando que no las haces y bordarán en tu holograma social la letra escarlata de la dejadez, la vagancia o, peor, de la incapacidad para hacer cosas”. Y claro, si partimos de que quien escribe piensa mucho, muy rápido y en todas direcciones, quien primero se tatuará para siempre todas esas rémoras provocadoras de inacción será él mismo. Esto es, es fácil deducir que para quien escribe es igual de duro soportar lo que él piensa de sí mismo como lo que él piensa que los demás piensan sobre él mismo. Y eso, siempre, partiendo de la base de que también cree que lo más probable es que a los demás les interese poco lo que él haga o deshaga. 

Por tratar de ser más gráfico, la vida de quien escribe es un poco como esas series de televisión que en un principio le crean rechazo porque, partiendo del drama, introducen algún elemento o suceso que multiplica el drama hasta niveles insostenibles. Como Leftovers, donde el drama existencial de los protagonistas parece poca cosa para sus creadores y deciden añadir un punto extra de sufrimiento: un buen día desaparece el 2% de la población mundial sin dejar rastro. 140 millones de personas que, ahora los ves, ahora no los ves. Ahora están hablándole a sus hijos mientras conducen, ahora sus hijos mueren en accidente de tráfico porque quien conduce ha desaparecido en el fatídico día d. Día del drama por encima del drama. A partir de ahí, las personas de a pie que ya tenían sus dramas en ocasiones por el mero hecho de existir comienzan a enfrentarse a lo que antes no podían terminar de batir sabiendo que no lo conseguirán jamás porque donde antes había problemas, ahora hay un problemático mundo de conexiones y desconexiones en el que, encima, faltan muchos seres queridos que se han ido por algo todavía más cruel y aleatorio que la muerte: la cruenta idea de algún creador o guionista de televisión. 


 Norah Durst

Lo que le cuesta identificar a quien escribe es precisamente cuál es el elemento que multiplica el drama de su existencia. El que eleva su nivel de sufrimiento al nivel del de Norah Durst. Esa estratagema artificial e inexistente a efectos reales que sospecha que los demás no ven y que, sinceramente, a él le cuesta ver cuando logra traspasar los mecanismos de autodefensa que a su vez lo único que buscan es convertirlo en un ser más vulnerable y permeable al drama. 

Siéntate y escribe. Obviamente quien escribe se lo dice a sí mismo porque aquí, fuera de la pantalla que emite Leftovers, no hay Jesucristos ordenando a Lázaros que se levanten y anden. Lo que ocurre es que no entiende por qué su cerebro, su ser subterráneo, todo aquello que lleva intentando acorralar y alienar en su mente desde hace mucho tiempo, le manda esos impulsos electromagnéticos. Porque en realidad, quien escribe nunca tuvo sobre lo que escribir más allá de lo que escribieron otros. Ese odiado arte de interpretar para la gente lo que una canción dice o hace, lo que una producción de un disco significa u oculta, lo que la presencia de tal artista invitado conlleva o aporta. Pero jamás, nada propio. Aunque intentaba, eso no puede negarlo nadie o, al menos, no debería negarlo nadie, aplicarle algo que lo alejase de los textos de los demás. A veces la misión fue cubierta y otras muchas no, pero es que al final todo en la vida es eso. Como lo que se les dice a los niños de que lo importante es participar o que unas veces se gana y otras se pierde. Porque básicamente, en la vida, participar es obligatorio y aunque a veces se gane, casi siempre se pierde. Y quien escribe, ha perdido. Mucho.

Entonces, ¿Por qué sentarse y escribir? Quizá porque solo sobre escribir se ha atrevido a decir frases gratificantemente sinceras y bellas en su desnudez como “escribir es lo único que sé hacer” o “yo soy bueno en eso”, siendo eso exactamente escribir. La cuestión es que jamás ha escrito sin rumbo. Jamás ha escrito literariamente. Nunca al servicio de la narrativa, aunque sí narrativamente al servicio de la narrativa de otros. Quizá esté surgiendo en quien escribe un nuevo mecanismo de autoprotección que sospecha que en el mero acto de escribir puede existir una vía al placer o, al menos, a la liberación en un estadio primigenio que pueda servir de primer paso o de primera piedra de un proyecto mayor: el de la recuperación. 

Una vez más, el miedo. Ese modelo de escritura que dominó en un tiempo hasta el punto de que todavía hoy, varios años más tarde de desaparecer de la circulación, es mencionado en entrevistas a terceros por otros colegas de profesión que han logrado ganarle la partida a la autocrítica. Menciones en la prensa escrita, en la radio o en la televisión. Es como una especie de firma de culto en un universo que realmente no puede permitirse ni siquiera un estatus de culto. Porque la acción de escribir sobre la música de otros es un trabajo subordinado que no parte de la creatividad de quien firma. Es como si robase algo para cobrar después por ello. Como si fuese posible explicar una canción que nace de una punzada de nostalgia producida por un reflejo en el cristal a media tarde en un apartamento de Belsize Park, Londres, con frases grandilocuentes llenas de adjetivos rimbombantes. Maldita necesidad de explicar el arte. 

Es algo que quien escribe piensa ahora y que quizá se guardó para sí en el pasado, intentando disfrutar del momento hasta que el momento, con el paso del tiempo, se convirtió en insufrible. Todos esos cambios en el mundo, todas esas pantallas brillantes de diferentes tamaños interconectadas por una suerte de universo contenedor invisible que todo lo engloba, todo eso, mató muchas cosas. Entre ellas, sus ganas por morir describiéndoles a otros lo que era posible sentir mientras se escuchaba “Purple”, de Stone Temple Pilots, “Down in the Upside”, de Soundgarden o “Grace”, de Jeff Buckley. Porque quien escribe, en su vorágine de auto crítica constante a prueba de testes de estrés, llegó a pensar que no era más que un farsante, aunque un farsante honrado, en cualquier caso. 

Todo aquello que él fue y por lo que fue pagado, y bien pagado, había sido arrastrado por la incesante corriente de ese torrente conocido como internet. Lo fue en lo práctico y lo fue en su mente y en su orgullo. Todo aquel arte de encontrar las fuentes o los lugares que guardaban las fuentes donde a la gente jamás se le ocurriría ir a investigar porque ya había quien lo hacía por ti había muerto y con él murió su pasión por aporrear un teclado lleno de letras que luego conformaban palabras que definían frases que explicaban el arte de otros como si esos otros le debieran algo a quien escribe. Todo aquel arte al que le llevó su curiosidad, sus ganas de leer y absorberlo todo, así como su potente autoestima, por aquel entonces a prueba de bombas. Porque quien escribe se dijo a sí mismo “yo escribo bastante mejor que estos tíos y, encima, solo tengo catorce años”. 

Por suerte o por desgracia, así era. Escribía mejor. Con mayor base literaria. Con más fundamento analítico. Rompiendo moldes. Quizá tuviese menos formación y había escuchado menos y, cuando pudo escuchar, ya no valía porque como en casi todo, en música, pop y rock, lo que se hizo antes siempre fue mejor porque siempre ha sido así. Porque aquellos que son o se sienten capaces de imponer su opinión a la de otros tienden a ser mayores que sus interlocutores y, por lo tanto, pues eso, todo lo de antes fue mejor porque nuestras vidas siempre serán mejores que las de nuestros descendientes. Y así hasta el infinito sectario y cultural que imponen unas generaciones a otras. 




Quien escribe siempre ha escapado de eso. Encontró los suficientes enemigos entre las generaciones anteriores que nunca ha visto la necesidad de imponer sus criterios a las siguientes generaciones. Siempre se ha mantenido firme sobre un axioma que dice que no puedes negarles a otros lo que tú tuviste. Así, si tuviste ilusión por vivir el momento y disfrutar de los Kinks, los Beatles o los Rolling Stones de tu época, hazlo, aunque se llamen Guns N’ Roses, Nirvana o Pearl Jam, o Arcade Fire, Wilco y Radiohead. Eso sí, jamás desprecies lo que se te escape porque eso te convierte en un necio prepotente, igual que a las generaciones anteriores cuando te dicen que lo tuyo no vale nada. Que todo ya está inventado. Que el rock n’ roll está muerto porque nació muerto. Claro que, ellos, supuestamente estuvieron allí, pero tú no.

El tema, a quien escribe le resulta un tanto triste abordar este punto, es que ya no es capaz de dilucidar quienes son los Kinks de 2019. Peor: no sabe si existen. Catastrófico, empieza a creer que lo que ocurre es que no le preocupa lo más mínimo. Podía pensar que ya existía esa tendencia en sus pensamientos y sensaciones pero fue un elemento externo lo que vino a confirmarle la sospecha de que realmente aquello podía ocurrir. Fue leer una entrevista a Rodrigo Fresán en la que decía que ya había llegado a ese punto en el que le valía con los clásicos del rock y que lo que pasaba en la actualidad había dejado de preocuparle lo más mínimo y adquirir aquella idea como propia. O, al menos, como una posibilidad real de que aquella idea pudiese acabar siendo una idea propia. 


La parte inventada



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