miércoles, 10 de febrero de 2016

THE CULT "Hidden City" (2016)

INMORTALES.
Mirar al presente a los ojos sin olvidarte de tu pasado.
 





THE CULT
Hidden City
(2016) 


Aunque estaba anunciado desde hacía un tiempo, nunca se está suficientemente preparado para un nuevo disco de The Cult. No en este siglo. No cuando tantas cosas han cambiado. "Hidden City" aparece recién estrenado el año, no mucho tiempo después del poderoso "Choice of Weapon" (2012), y forma una curiosa trilogía junto a este y el algo más irregular "Born into this" (2007). Una trilogía espiritual de redención, mezcla de culturas e invocación a los espíritus de los viejos nativos americanos. Sí, los mismos que les demandaron por sacar en la portada de "Ceremony" a un chaval navajo. En cualquier caso, una vez escuchado el disco, queda claro que Astbury es inasequible al desaliento, porque su compromiso es tan evidente que lo que en manos de otro cantante sonaría ridículo, en su garganta resulta convincente. El inicio del disco es francamente delicioso, con “Dark Energy” como perfecta anfitriona. Billy Duffy repartiendo guitarrazos a izquierda y derecha, John Tempesta demostrando por qué es uno de los baterías de rock con la pegada más definida, y Astbury escupiendo al micrófono sus sermones majestuosos. Por fortuna, la canción avanza sin lastres y el estribillo es, por decirlo de manera fina, jodidamente épico. Hay cosas que no están al alcance de cualquier banda, y las grandes canciones de los Cult son una de ellas. Durante su escucha percibes cada lametazo que has degustado en la discografía de The Cult, cada chillido desesperado, cada detalle gótico de Duffy a la guitarra, el bajo machacón que un día bordó Jamie Stewart, los tom-toms ceremoniosos que cualquier batería que estuviese en la banda hubo por fuerza de conocer y replicar. En este caso, cuando Astbury habla de “defender la magia/defender la belleza”, lo hace sobre un colchón de teclado que podría haber ideado David Bowie en algún momento de su periodo germánico. Por fortuna, el gozo no cesa con “No love lost”, que también se despierta tribal y acaba convertida en una feria de arpegios distorsionados MARCA DE LA CASA. Porque The Cult, aunque la industria no les agradezca una mierda, son una marca. Una marca sonora y vocal, una leyenda, una banda por encima del bien y del mal, tal y como rezaba uno de sus mejores discos, el impresionante Beyond good and evil (2001). A este álbum remiten en cierta forma en esta “No love lost”, en cuyo estribillo se deja asomar el principio y fin de mi viaje con ellos: esa cabra negra que algunos habíamos intuido que podía pulular por este nuevo disco. Así es, podría recordar a “Star”, a “Joy”, aquellas dos joyas psicodélicas que contenía el fabuloso The Cult (1994). Fue un disco aquel muy discutido, incomprendido, en el que The Cult no sé si involuntariamente le daban una buena patada en el culo al rock alternativo, quizá pretendiendo subirse a algún carro que ya no llevaba ruedas, o tal vez siguiendo ese camino sinuoso tan propio que a veces ni ellos mismos saben pavimentar. “Dance the night” se conforma con ser muy gótica, muy Love (1985), incluso de nuevo tocando el cielo en dirección a la choza elegantemente infernal que ahora regente el gran David Bowie. Las guitarras que aparecen y desaparecen en las canciones de los Cult siguen siendo muy personales. Nadie suena así. La recta final de esta canción es una prueba de ello. “In Blood” en un primer momento no me pareció todo lo redonda que podría ser, pero el impersonator de Jim Morrison en la estrofa me estaba levantando el dedo desde el final de la sala. La cuerda y la base rítmica, acompañadas de acordes puntuales, respetando la dinámica y el espacio en el que la voz de Astbury se retuerce en dirección a Pierre Lachaise, son sensacionales. El estribillo, que en un primer momento no me pareció adecuado, impone su tendencia y en cuestión de escuchas ese “I came undone” termina retorciéndome el hígado.


Por fortuna, todas las cosas terribles que había leído sobre “Birds of Paradise” no se confirman, y probablemente estén escritas por un cabra-hater. Y es que donde un crítico dice “la canción no va a ninguna parte”, un amante ve que se dirige hacia la estación de “Saints are down”, hacia la espiritualidad y el misticismo, desencadenando tormentas de pianos, con Ian entregado –este es un disco más de Astbury que de Duffy, como lo era la cabra– a su discurso terrible. Es recogido por rasgueos clásicos, mientras Ian no llega a desgañitarse, pero tampoco hace falta. Con escuchar ese piano y el bajo creciendo a su lado es más que suficiente. La canción se va marchando y va dejando un poso de lujuria, un olor a napalm indiscutible. Es de agradecer que tras la trascendencia nos seduzcan con un bajo machacón y un riff expansivo en “Hinterland”, uno de los tres adelantos que habíamos venido escuchando del disco durante el otoño. Son los The Cult de la portada, blancos, flores marchitas, señores de cincuenta años haciendo rock como ningún imberbe es capaz. Con la clase, la pujanza y el sentido lírico de veteranos que te aguantan en el centro del ring, bailando mucho más despacio, pero capaces de asestar los diez golpes definitivos que van a decantar el combate. Ya sea en forma de riffs, solos, los clásicos golpes vocales de Ian, esas violentas escupidas casi guturales que tanto nos gustan.




“GOAT” es otra piña en la nuez, otra sacudida marcapaquetes por parte de Ian, con Duffy desatado, Tempesta a hostia limpia con la batería, hachazos por todas partes y, por primera vez en el disco, punteos de hard rock de digitación clásica, una canción soberbia de principio a fin. En “Deeply Ordered Chaos” la cabra vuelve a saltar de roca en roca. Base rítmica sexy, Ian soltando frases inconexas que sólo tienen sentido si uno piensa en su propio origen, arreglos de cuerda de violencia contenida. Gran canción, dice a gritos que en sucesivas escuchas va a ser degustada de forma creciente. A quien le remita a los tiempos de "Love", que piense que esto se hizo de nuevo (y con resultados igualmente satisfactorios) en "Black Sheep", esa cabra que no le gusta a casi nadie. Quizás la canción admitía algún desarrollo más, dejando la sensación de estar a medio terminar a los cuatro minutos y medio. Cosas de The Cult. “Avalanche of light” es un nuevo balazo de hard rock, quizá el que más remite a su álbum anterior. Llega el momento en esta clase de discos, cuando reconoces tanta grandeza y observas la vigencia y la pegada intacta en estos sabuesos, que no te importa que una canción no te conquiste en un primer acercamiento, ya que confías en que eso se arregle en posteriores escuchas. En este caso, se reconoce un cierto toque en el discurso a Lou Reed, en la forma de cantar de Ian, que mengua y crece en los fraseos hacía el genio de New York. Algo a destacar durante todo el disco, además de las cosas evidentes, son las líneas de bajo y en general todo el trabajo rítmico que está en un plano correcto, destacando pero sin imponerse innecesariamente, gracias a una nueva buena producción de Bob Rock, la enésima con esta gente. Sospecho que aquí es donde Rock se siente más cómodo.




Un nuevo final abrupto y moderadamente maquetero da paso a “Lilies”, donde por un momento parece querer resucitar a Willy DeVille. Una canción atmosférica, un paseo parisino, maravillosa como el resto del álbum. Ian en modo reposado, acústica Bowie era Hunky Dory, detalles de eléctrica Ronson, estribillo en su sitio. Notable de nuevo. “Heathens” parece sacada de un periodo oscuro de Glen Danzig, y apesta a demo, a improvisación y a inclusión tardía, casi tanto como “Sound and fury”, en la que Bowie levanta su copa con la sonrisa de medio lado. Pero esta pandilla de hijos de perra tiene tanto talento que hay que reconocer que hasta en una maqueta como esta consiguen sonar bien y hacer que su inclusión en el álbum tenga sentido. Es la veteranía y el saber construir una canción, sencillamente. Es el conocimiento del oficio y el hacer lo que a uno le da la gana, ya que es evidente que ¿por qué voy a hacer un EP, como querría la prensa, cuando lo que me da la gana hacer es un disco de 12 canciones con una portada seca y un sonido que remita a todas mis épocas? Es el asunto aquí: The Cult hacen esto porque pueden, porque saben hacerlo, y en última instancia porque nadie lo hace mejor que ellos. 8.5 

Manuel L. Sacristán 



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