martes, 17 de enero de 2017

Goodnight, Hollywood Blvd (2). Repaso a la discografía de RYAN ADAMS. WHISKEYTOWN "Strangers Almanac" (1997)



Si tengo que defender discos perfectos este sería uno de los que defendería con mayor convicción. Con "Strangers Almanac" Whiskeytown le regaló a la historia uno de los discos más bellos jamás grabados.





Postal clásica de Nashville, Tennessee.

Ahora con Spotify es algo normal. Tecleas el nombre de una banda, aprietas el return y el programa te da el resultado en forma de discografía, singles, recopilaciones, canciones más escuchadas, biografía e, incluso, bandas afines. Hubo un tiempo en el que te sabías las discografías enteras de memoria, con nombres de productores, ingenieros de sonido y compositores adicionales pese a sospechar que no ibas a escucharlos en tu vida. Pero entonces llegó internet y si bien en sus inicios la música no pasaba de ser texto, en algunas páginas tipo All Music, los algoritmos te guiaban a través de bandas desconocidas que, supuestamente, eran cercanas a las formaciones sobre las que consultabas información.

Así, en plena fiebre producida por el "Sound of Lies", de Jayhawks, una búsqueda arrojó diferentes nombres. Algunos ya los conocía, caso de Wilco, Uncle Tupelo o Son Volt. Otros, como Slobberbone, Old 97's o Whiskeytown eran totalmente desconocidos. Eran años post Napster y Audiogalaxy en los que funcionaba con un Kazaa modificado para que jamás parase de buscar fuentes. Así me hice con todos pero por alguna razón, el único disco que creció fue "Strangers Almanac"

Por aquel entonces vivía pegado a un Mac de sobremensa en el que era bastante incómodo escuchar música en formato mp3. Esto me llevó a solo tener un disco en su disco duro y ese álbum no era otro que el "Strangers Almanac". Así que cuando quería desconectar del bullicio de la redacción me ponía unos auriculares y escuchaba el disco con la extraña sensación de que aquello tenía que ser una banda y una obra menor, ya que jamás le había leído a nadie nada sobre ellos. 

El disco fue creciendo en mi interior de una forma extraña y algo tangencial. Como sin hacer ruido pero arraigando de una forma bestial. Así, en uno de mis primeros viajes a Inglaterra a la caza de discos, lo busqué con insistencia por la numerosas tiendas de Londres sin éxito. Salvo en un Virgin Megastore, existían por aquel entonces, donde me aseguraban que tenían una copia en una tienda de Edimburgo. Con un inglés primitivo y una personalidad todavía verde y distante, logré convencer a la chica que me atendió que lo pidiera pero para la Virgin Megastore de Brighton, donde iba a estar un par de días más tarde. Y, efectivamente, allí estaba el disco 48 horas después. Me costó una fortuna,  22 libras que por aquel entonces sobrepasarían los 30 euros al cambio. Pero puedo asegurar que no me dolió en absoluto. 

Por cuestiones relacionadas con mi dejadez, mi vida ya giraba en torno a Whiskeytown y, sin embargo, nunca me había preocupado por nada referente a la banda. No conocía nada sobre ellos. Simplemente, probablemente derivado de un mecanismo de auto protección para ocultarme mi propia vagancia, me limité a pensar que Whiskeytown eran una banda olvidada que jamás llegarían al mundo de no ser por mi insistencia. Una idea que no deja de ser ridícula pero que, en cierto modo, así ha sido. 


Whiskeytown circa 1997.


Recuerdo que "Avenues" y "Losering" eran mis temas favoritos del álbum con diferencia cuando una noche, una amiga me invitó a cenar y mientras cocinaba y nos tomábamos una cerveza puso un disco. Sonaba de maravilla y fue llegar a al quinto tema y salir corriendo hacia su cuarto para darle al pause y pedirle la caja del cedé en concreto. El disco, "Demolition", era de un músico que ya conocía, Ryan Adams, que había saltado a la fama, al menos para mí en mi mundo, con un single titulado "New York, New York" en cuyo videoclip aparecía frente a las torres gemelas justo pocos meses antes de que éstas fuesen borradas del mapa.

Bien, fruto de una deducción brillante de cojones, llegué a la conclusión de que quien cantaba "Cry on Demand" tenía que ser por huevos la misma persona que cantaba tanto "Avenues" como "Losering". Lo consultamos en la computadora de mi amiga y zas, allí estaba: Whiskeytown era la primera banda de Ryan Adams. Todavía más, una copia promocional de "Demolition" llevaba sin abrir varias semanas encima de mi mesa de la redacción. Allí, olvidada, solo porque "New York, New York" y un artista apadrinado por Elton John me habían predispuesto muy negativamente en su contra.

Ni qué decir que mi vida cambió. Otra vez. Como cuando escuché a Guns N' Roses, como cuando vi a Su Ta Gar en directo por primera vez, como cuando me pasaron una copia promocional de "Superunknown" o como cuando le pedí a un conocido una cinta para escuchar Stiff Little Fingers pero solo acabé escuchando "Bossanova", de Pixies. Whiskeytown y Ryan Adams, Ryan Adams y Whiskeytown habían llegado para quedarse.

Si mi relación con el disco había sido extraña y algo esquiva, cabe decir que también lo fue, al menos en un inicio, para sus principales protagonistas. Tras su fichaje por Outpost, subsidiaria de la todopoderosa Geffen, dos de los miembros originales de Whiskeytown habían decidido dejar el barco ahora que tenían un contrato discográfico. La cosa era que, por una cuestión o por otra, no se veían metidos en un fregado como aquel con más papeleo y firmas de contratos que música a la vista. Así, el bajista Steve Grothmann y el batería Skillet Gilmore abandonaron la banda.





Gilmore cerró una puerta pero abrió otra. Comenzó una relación con Caitlin Cary. En realidad la relación probablemente ya había comenzado antes pero ambos sintieron que, al no tener que esconderse dentro de la disciplina de una banda, se habían quitado un enorme peso de encima. Llegados a ese punto a Cary lo último que le apetecía en esta vida era viajar a Nashville para grabar con Whiskeytown.

Ryan Adams también tenía un dilema. El era el jovencito deslumbrante supuestamente capaz de convertir en oro cualquier cosa que tocase. Con 22 años ya tenía sobre la mesa varios contratos para iniciar una carrera en solitario. Pese a sopesarlo, Adams pensaba que aquella era una banda demasiado buena como para darle carpetazo en aquel punto. Así que tras pensarlo dijo, ok, hagámoslo. Cary también aceptó y la tercera pieza, el guitarrista Phil Wandscher ya los estaba esperando en un centro comercial de Raleigh, Carolina del Norte, para viajar hasta Nashville en una vieja furgoneta junto a los dos nuevos miembros de la formación: el batería Steven Terry y el bajista Jeff Rice.

La mala buena suerte quiso que a Adams se le olvidasen sus guitarras en aquel aparcamiento. Ya en Nashville, en compañía de Jim Scott, el productor que les había buscado el manager de Outpost, Mark Williams, se pasearon por Nashville en busca de guitarras para la grabación. En una tienda de empeños dieron con una Alvarez acústica de 100 dólares a la que ni siquiera tuvieron que cambiarle las cuerdas. Aquella guitarra era la que sonaba en la preciosa "Inn Town". Aunque en realidad, se encontraba por todo el disco, así como en todas las tomas alternativas y descartes que quedaron grabados para la posteridad.

Scott, que había sido elegido para grabar "Strangers Almanac" por su trabajo junto a Tom Petty en el magnífico "Wildflowers", disfrutó y sufrió toda la genialidad de Adams, a quien era difícil dirigir ya que no sabías si había que acompañarlo en sus locuras o tratar de que se centrase. Scott narra que contrató a un reputado pianista llamado John Girly para que participase en el disco. Después de pasarse un día entero buscando algo que hacer con una canción llamada "Avenues", tanto Girly como Scott desistieron. Sin embargo, Ryan Adams dijo que tocaría él. Esta actitud de Adams divirtió a Scott que pensaba que Adams no solo no sabía tocar el piano, sino que ni siquiera lo había tocado antes. Y, sin embargo, Adams se sentó y tocó una línea de piano sobre la que asentó el resto de la composición.




A estas altura uno ya no sabe qué decir de "Strangers Almanac". He escrito a menudo sobre su grandeza y superar la certeza, espontaneidad, honradez y emoción con la que se describí el disco en el pasado me resulta ahora inalcanzable. Así que empezar por la frase, es uno de los mejores discos de los 90, creo que puede ser significativa de lo que tenemos por delante.

"Strangers Almanac" es un trabajo para escuchar borracho, con el corazón roto y al calor de un hogar. A solas y en silencio. Conteniendo las lágrima e imaginando un escenario literario o cinematográfico en el que integrar los preciosos temas que van pasando por nuestros oídos. Desde los acordes iniciales de "Inn Town", pasando por los lamentos amparados bajo los efluvios del alcohol de "Excuse me While I Break my own Heart Tonight" (Perdóname mientras me rompo mi corazón esta noche) y cogiendo impulso en la elegante connotación de pop desgarrador de "Yesterday's News" o "16 days", "Strangers Almanac" marca el arranque del mejor disco de ese género llamado country alternativo o americana. Lo que sigue no solamente es mejor, es que es insultantemente bueno. La sobrecogedora "Houses on the Hill" es una suerte de balada de invierno cantada bajo el cielo raso. "Turn Around" y "Waiting to Derail" recuperan algo de esa lejana esencia de punk melancólico que compartían con The Replacements. "Avenues" es una pieza que corta la respiración pese a su simpleza y todavía resulta más dañina en su versión alternativa. "Losering" es como un polvo suave en el que la ropa va saliendo entre besos húmedos y caricias de terciopelo. "Dancing with the Women at the Bar" y "Somebody Remembers the Rose" les devuelven al territorio country que tan bien demostraron controlar en "Faithless Street". Y, por fin, "Not Home Anymore" cierra uno de los discos más bellos de la historia con una garganta rota y lágrimas agolpándose en los ojos, tratando de luchar por obtener la libertad más allá de la nostalgia y la angustia.

Trece temas sin bajón. Trece temas y trece singles sin fallo. Trece temas que debieron haber corrido mejor suerte por mucho que Ryan Adams sea uno de los compositores de nuestra generación, Cary haya logrado labrarse una carrera (modesta) en solitario y Wandscher haya crecido junto a Jesse Sykes & the Sweet Hereafter. Un disco, este precioso "Strangers Almanac", que guarda un universo interior brutal a la espera de ser desgranado por el oyente. Una de esas obras por las que cabe dar gracias por estar vivo. Una de esas colecciones de canciones que uno no se cansará de recomendar nunca porque el acierto siempre estará asegurado. Uno de los dieces más claros de la creación musical.

Whiskeytown todavía grabarían un disco más, "Pneumonia". Aunque guarda composiciones a la altura de la leyenda, no guarda la química de su predecesor. Tampoco cabe ser más duro de la cuenta, no es que muchos discos la guarden. Sin embargo, para cuando volvieron a dar su último paso discográfico como banda, Ryan Adams ya estaba en el mercado. El monstruo había sido liberado.



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