sábado, 12 de noviembre de 2016

THE PRETTY RECKLESS "Who you selling for" (2016)

PISANDO EL FRENO.
Taylor Momsen se pierde en una colección de temas pretenciosos.
 





THE PRETTY RECKLESS
Who you selling for
(2016) 



Hay algo en esta chica que me resulta irresistible. Puede ser su delgadez extrema, los ojos caídos, sus vídeos pseudo-provocadores, esa voz de niña rota… Lo curioso es que nunca he esperado nada de ella, y me ha dado siempre más de lo que esperaba. Hay que  tener en cuenta que mi primer contacto con ella fue a través de la estúpida y adictiva serie Gossip Girl, en la que interpretaba a una niñata lianta hermana de un triste constipado. En ese magma de ricachones con problemas absurdos, ella se movía con incomodidad, con pinta de ser la que peor encajaba. La inadaptada. Y supongo que le ha sabido sacar partido a ese rol. Lo siguiente que vi de ella fue una foto con Axl Rose, su ídolo, supongo. El Axl Rose de 2006, el de las trenzas y la perilla. Todo muy del Siglo XXI, veloz, sin trasfondo, ridículo y adictivo.

Su primer disco, "Light Me Up" (2010), era muy divertido. Nunca busqué autenticidad en la muchacha, pero aquello sonaba legítimamente hard rockero, impulsivo, nada pedante, estaba bien cantado y lo suficientemente bien tocado como para sonar competente. Había canciones resultonas ("Miss Nothing"), un vídeo con una actriz porno ("My Medicine"), momentos abrasivos ("Make Me Wanna Die"), y la balada de turno donde se retrataba a sí misma como una niñata precoz y conocedora de bajas pasiones ("Nothing Left to Lose"). 



Con el segundo me conquistó definitivamente. Fue ver el vídeo de “Heaven Knows” y darme cuenta de que había dado la vuelta de tuerca necesaria para llegar a conocerse y dar lo mejor de sí misma. En efecto, "Going to Hell" (2014) era un disco repleto de buenos temas, poderoso en la ejecución, mejor producido, en el que la chica exploraba un terreno conocido de metal, grunge y hard rock para acabar dejando claro que, aunque en directo pueda resultar un pastiche, era capaz de cantar desde las tripas y con la garganta descosida hasta resultar innegable que había ganado ese pulso tan incómodo que debe suponer el tener tanto que probar. "Follow Me Down", "Going to Hell", "House on a Hill", "Why'd You Bring a Shotgun to the Party" y "Fucked Up World" eran, por decirlo de una forma sencilla, canciones necesarias, de buen hard rock. Da igual que haya quien no se la crea. Practica la coctelera, y funciona: un poco de Mötley Crüe, un poco de Buckcherry, una pizca de Joan Jett, un toque soul en la voz, un tantito de metal moderno y fuertes dosis de grunge de mediados de los 90 (no hay talento en su banda como para incardinarla en 1992). Y no se abriga. 



Sin embargo, cuando leí reseñas de su nuevo trabajo, "Who You Selling For" (2016), me entraron las sospechas: había bajado el pistón, sonaba menos metal, más limpia, como si se tomase a sí misma un poco más en serio. Hay pocas cosas más tristes que una chavala desbocada y explosiva queriendo demostrar que es una persona seria. El nuevo single y su correspondiente videoclip, “Take me down”, confirmó las peores expectativas. Era como un cruce de unos Black Crowes sin alma y  unos Pearl Jam tocando funk en la calle en las sesiones de composición de su segundo disco, y algo más que detalles cogidos prestados del “Sympathy for the devil” que adaptaron Guns N’ Roses (no del original de los Stones, sino de la versión que nos plasmó en sonido el certificado de defunción de la dupla Slash/Axl Rose, con aquellas guitarras dobladas por el amigo de Axl, Paul Tobias, que a Slash casi se lo llevan por delante). Forzada, conocida y sin vida. 

El disco empieza (por cierto, con un homenaje/plagio al “Bohemian Rhapsody” que no deja una gran primera impresión), y continúa, y veo al grupo explorando, más serio, oigo un wha wha, coros soul, algún momento que podría ser una cara B de los Loaded de Duff McKagan (“Oh My god”, que curiosamente también guarda un severo parecido con aquel tema que sirvió a nuestro amado Axl Rose para reaparecer en 1999, en la banda sonora de “End of days”), un toque funk aquí, otro riff de metal por allí, pero todo sin orden ni concierto. Y no, no funciona. Salvo a ratos. Voy salvando momentos puntuales. Pero como esto es el siglo XXI, he decidido hacer una reseña con una escucha rápida, para no llevarle la contraria al signo de los tiempos. De todos modos, no pasan grandes cosas en el disco porque todo suena conocido (“Prisoner”, atando cabos entre sus dos primeros discos, entre “My Medicine” y “Heaven Knows”), mucho más que en los anteriores, porque aquí está intentando demostrar que puede tocar más palos que el binomio grunge/metal para todos los públicos. Aquí me quiere enseñar que sabe cantar sureño en “Back to the river”, que igual Kid Rock la hacía mejor. 

Igual tengo que darme un paseo por New York para entender “Wild City”, con todos esos remiendos de la blaxploitation, James Brown, el soul rock de The Mother Station, un ramalazo sleazy, y mucho, demasiado de Saint Jude, ese pastiche elevado a los altares sin venir a cuento en ciertos fanzines que antes se tomaban todo mucho más en serio. ¡Justo al contrario que Taylor Momsen!

Joder, ni que hubiese ganado Donald Trump las elecciones. Parece que le estemos pidiendo a la chavala que se deje de profesionalidad y nos enseñe las tetas. Que esos solos del aprendiz de Marc Ford que lleva a las seis cuerdas no conducen a ninguna parte. Quizás llegue un día donde “Back to the river”, pastiche de cinco minutos donde todos los elementos del rock sureño que patentaron Lynyrd Skynyrd están representados (el toque soul, el colchón de hammond, el solo efectista, las progresiones y caídas de acordes ad nauseam, las alusiones a la naturaleza mezclada con la huida y la soledad, la aceleración en la coda final), me acabe gustando. Pero no hoy. No cuando tengo ya en la cabeza la lista de los 10 mejores discos del año para www.prideofthemonster.com, donde apuesto a que vamos a coincidir en el número 1 del año, un disco de cierta banda americana que suena a americano sin sonar a terreno abonado.

“Who you selling for”, la canción, me quiere traer a la cabeza algo, como una mezcla entre Bruce Springsteen en hortera (o sea, Jon Bon Jovi) y Veruca Salt, pero Taylor pisa un lodo que The Donnas convirtieron en obra intocable. The Donnas es el espejo, niña, no el jodido Bon Iver. Tercera canción acústica seguida, “Bedroom window”, y aunque la voz es preciosa, el disco se ha terminado de caer, sin haber empezado tampoco demasiado bien. No puedo resaltar este álbum. Aunque los rockeros de porte rígido nunca vayan a aceptar a Taylor Momsen, y yo sea permisivo con ella, no puedo ser complaciente con este disco. Porque puedo comprender que construya una canción a base de arpegios como si fuese una banda de los años 70, pero por lo menos métele unos guitarrazos al final, que parezca que la dinámica no te es ajena. Por eso, “Living in the storm”, que recupera los riffs metaleros del anterior, suena forzada. Ni siquiera los estribillos me han percutido. Son planos, vulgares, sin gracia, sin fuerza. Sólo nos da lo que es Momsen en la ruptura de la canción, ese cambio sorprendente. De eso se trata. 

Me pregunto si a ellos mismos no se les vino a la cabeza el “Sorry”, de Guns N’ Roses cuando grabaron “Already dead”, de las que mejor suenan del disco. Imagino que Axl le habrá dado permiso para hacer esta re-interpretación de Led Zeppelin con tanto descaro como parecido guarda con aquella, una de las canciones más extrañas y apasionantes de "Chinese Democracy".  

Es curioso lo que se produce a veces con los discos. Les vas cogiendo manía según avanzan y llega un momento donde te nubla la corriente, y sólo ves defectos y plagios. No quería que me pasase esto contigo, Taylor. Yo quería que siguieran gustándome tus discos para llevarle la contraria a los rockeros rígidos. ¿Quizá soy yo uno de ellos? La diferencia aquí es que lo que en el primer disco era un “Hazme querer morirme” que sonaba legítimo, aquí es un “Ya estoy muerta” que suena poco impetuoso, incluso falso. No hay un “House on a hill” aquí, y es una lástima. Aquella canción era poderosa, desgarrada, hermosa, melódica, muy potente. “The devil’s back” suena a otra mención al maligno sin ningún trasfondo demoniaco, ni provocador, ni siquiera de malota. Dejando a un lado que se marcan un solo de guitarra de cinco minutos en la antepenúltima canción del álbum. ¿Porque nosotros lo valemos? Y por si no hubiese sido bastante, un poco de funk blaxploitation bluesero para acabar, “Mad Love”, dejando el listón en un lugar que no comprendo. Imagino que el álbum acabará gustándome moderadamente, y prometo que nunca más vuelvo a leer reseñas ajenas antes de enfrentarme a un disco. 




Me gustas, Taylor Momsen. Me gustas mucho. Me gusta tu voz y me gusta tu banda. Pero por favor, deja de pisar el freno, que no tienes edad. Pisa el acelerador, como decía aquel ilustre golfo al que yo solía llamar Sabina. Vamos, niña, que tú puedes darnos algo mejor, más sólido, más entretenido, menos pretencioso en el peor sentido. Casi es mejor que se te vaya la almendra totalmente, como al hijo de Waylon, y conviertas pretensión y búsqueda en un producto invendible que sólo te gusta a ti y que defiendes en directo aunque no lo valore ni una sola persona entre el público. Total, piensa que la mayoría de los que te ven en directo y me lean arrearte ahora te consideran un pastiche.
Suerte, amiga.  



Manuel L. Sacristán 




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