domingo, 6 de noviembre de 2016

Las mismas sensaciones placenteras una y otra vez.



Berri Txarrak. 
Plateruena. Durango. 5-11-2016

No es este un texto con vocación de crónica de concierto. Son muchas las batallas en directo vividas junto a los de Lekunberri y acudir a uno de sus shows es hoy por hoy más una liturgia y una peregrinación que otra cosa. Las letras podrían estar escritas con nuestra sangre o, por lo menos, llevamos esas letras incrustadas en nuestro ADN como si fuesen de nuestro puño y letra. El repertorio, sus múltiples mutaciones, son parte del subconsciente colectivo de toda una generación. Y aquí, vendría el momento de entonar, no sin caer en un anacronismo, el "My Generation" de los Who. Berri Txarrak se presentaban en Durango para la primera de dos noches consecutivas en tierras vizcaínas. La actitud fue intachable, aunque eso es algo que a una banda del calibre de Berri Txarrak se le presupone. Quizá la garganta de Gorka notó la fatiga de noches anteriores pero tampoco fue algo destacado. Todo lo que sonó lo hizo con un maravilloso himno fabricado artesanalmente por la vía del bajo, guitarra y batería. Todo lo que se cantó desde el escenario, tuvo su eco en el cálido aliento de un público responsable de un nuevo sold out. 



A estas alturas me resulta complicado concentrarme en el trabajo de Gorka, David y Galder como animales de directo. Los problemas de Gorka con la guitarra tras quedarse desnudo y en formato trío quedaron atrás hace un buen puñado de años. Galder se hizo con las canciones de Berri Txarrak y a día de hoy casi que se come el repertorio con una pegada voraz y certera. David, por su parte, nunca tuvo problemas. Su llegada significó un giro hacia el rock y el punk, distanciándose un tanto del metal. Ahí, el bajista se mueve como pez en el agua. Siempre en su sitio, siempre brillante.

Creo que muchos vamos a los conciertos de Berri Txarrak como en los sesenta y setenta miles de jóvenes californianos recorrían kilómetros tras Grateful Dead. Deadheads fue la denominación que recibieron aquellos fans de una de las bandas más grandes de la historia del rock n' roll. Nosotros no tenemos nombre, fumamos menos hierba y consumimos menos ácido pero creo que seguimos a nuestra banda, o a una de nuestras bandas, de una forma similar. Con pasión, intentando revivir una y otra vez la misma sensación placentera de comunión con una formación que nos ha cantado y emocionado desde que éramos unos niños, siendo ellos unos niños. Una de las pocas cosas que ha surgido de nuestra generación para nuestra generación y que, además, ha conseguido trascender abriéndose camino más allá de nuestras fronteras, tanto en el Estado español como en el resto del mundo. 

Estamos inmersos en una pequeña gira de despedida de una gira inmensa. Pero por alguna razón, hay algo en algún remoto lugar de mi emoción que me dice que lo de ayer en Durango olía a algo más. A cansancio tras un duro trabajo, a satisfacción por haber afrontado con éxito una arriesgada aventura en forma de disco triple. No sé si a un prolongado adiós, a un adiós total, a un cese temporal de la actividad musical con entrega de instrumentos de por medio o qué. De hecho, ni siquiera sé si hay algo más allá de que ayer por la noche me quedase el amargo regusto de que la banda iba a partir en una dirección y yo me iba a quedar esperando en la misma estación con el ramo de flores y la colonia de las citas importantes. Plantado. Con el corazón roto.

Sea lo que sea, Berri Txarrak son tan buenos en el estudio, que lo son, como en directo, que también lo son. Han plantado el rock, las guitarras y el desgarro emocional en nuestra generación haciendo que gente dispar se interese por un concepto artístico que hace lustros que se despeña ladera abajo alejándose de la cultura popular. Y ante esto, ante su encomiable insistencia y su impecable trabajo, una vez más, solo queda estar agradecido por estar siempre ahí. Así que a gusto aguardaré el tiempo que haga falta con el objeto de volver a revivir las mismas sensaciones placenteras una y otra vez.  

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